lunes, 4 de octubre de 2010

Barcelona

Siempre he amado Barcelona, me deslumbra su cosmopolitismo, las muchas ciudades que integra dentro de sí. Por sus calles discurre toda la belleza y también toda la fealdad. Es la puerta del mundo, el principio del resto de la existencia. Llego a Barcelona ansiando perderme en el ritual de cada año, consciente de que es una urbe inagotable que abraza y engulle a quien se adentra en ella. Desembarco en Paseo de Gracia arropado por fachadas Modernistas, ejecutivas disfrazadas de dominatrices y anticuados conserjes de hotel anclados en el estereotipo de una época de levitas y entorchados. La avenida desciende hasta la Plaza de Cataluña, donde las parejas homosexuales pasean cogidas de la mano, y los turistas inevitablemente calzados con sandalias menorquinas se arremolinan alrededor de sus autobuses. Allí comienzan las Ramblas, el camino de ladrillos amarillos universal. Antaño un paseo delicioso por donde correteaba boquiabierto, hoy se han convertido en una caricatura de quioscos enormes flanqueados de pequeños puestecitos donde se venden toritos y flamencas. Cada tres pasos hay una estatua viviente. Antes, estos espectáculos cotidianos eran una sorpresa que maravillaba a los niños con sus repentinos zigzagueos al escuchar el tintineo de una moneda al caer en su cesto. Ahora son interrupciones monumentales, exhibiciones de carnavales vivientes, deformidades salidas de una película de fantasía para que los paseantes de piel de nata y fresa se fotografíen con ellos. Desciendo hacia donde Cristobal Colón señala con la punta del dedo. Queda a la derecha el Mercado de la Boquería, el lugar donde Pepe Carvalho componía sus recetas antes de que nos dejara huérfanos de intrigas y de hambre. Un poco más arriba me reclama la calle Tallers, una vía peatonal que años atrás tenía para mí más luces que el Hollywood Boulevard. El Chino de la entrada ha rascado la última "e" de la palabra "restaurante" en su rótulo y ha pegado encima un cartel que proclama "Xinés". Discos Castelló y Discos Revólver han quedado reducidos a cuevas que apestan a humedad donde los cedés se amontonan cubiertos de un polvo que me deja las yemas de los dedos tintadas de gris áspero. El vinilo vuelve a ganar terreno y la amalgama de etiquetas que acaba por nublarme la vista lo convierte todo en un borrón informe. Al lado conviven cuchitriles que han cambiado las estanterías con discos por montañas de merchandising y camisetas. A sus puertas los dueños esperan, siempre esperan, y miran pasar a los transeúntes con ojos huecos. Vuelvo a las Ramblas. Enfrente, la calle Ferràn describe una pendiente que asciende hasta la plaza de Sant Jaume, donde se enfrentan el Palacio de la Generalitat y la Casa Consistorial. Las fachadas de ambos edificios siempre se animan con grupos que se manifiestan por algún motivo con mayor o menor razón. En una esquina de la plaza, ya cuando se está apunto de salir, se encuentra Can Conesa. Lleva ahí más de medio siglo, y el nervioso camarero frente a la plancha, y su más sobrio compañero a su lado, parece que lleven ahí los mismos años también. Yo, como cada vez que voy, pido "un entrepà de butifarra blanca i una mediana". Ese es el mejor momento, el único bueno, del día. El motivo exclusivo por el que sigo yendo hasta allí todavía. Los bocadillos a la plancha de Can Conesa. Las Ramblas ya no son lo mismo, la calle Tallers y sus tiendas de música han perdido su atractivo. Pero los mejores bocadillos del hemisferio occidental se siguen haciendo en Can Conesa. Y para mí, que siempre me han interesado más las personas que las cosas, que no sé apreciar la calidez del arte con el estómago frío, Can Conesa marca la diferencia. Está el Barrio Gótico, está la Sagrada Familia, pero ese pequeño momento en el que guardo cola rodeado de gente me salva la vida. Las calles de Barcelona alimentan el espíritu, el bocadillo en Can Conesa alimenta el cuerpo. Barcelona se ha convertido en un torbellino excesivo para mí, que soy un nómada con alma de sedentario, un pueblerino de espíritu. El Mercat de Sant Antoni de los domingos será mi última aventura. Pasear apretujado entre columnas de revistas viejas, comics descoloridos, montones de reliquias que el tiempo pareció olvidar, siermpre fue para mí la más emocionante excursión. Me gusta recrearme en la señora gorda que hojea pornografía, en el abuelo que cambia cromos, en el padre de familia que pregunta por libros de formación del espíritu del nacionalcatolicismo. Pero ya tanto barroquismo populoso es demasiada información para mí. Regreso al tren exhausto, con una sensación agridulce y sin saber si volveré a ir. Ebrio de posesiones y de conocimientos, ya no soy el mismo. Saturado de destellos, vuelvo a casa triste y cansado, como Camilo Sesto en Getsemaní.

5 Comentarios:

Crowley dijo...

Estimado Fran,
por diversos motivos y causas, las veces que he planeado ir a Barcelona, todo se ha complicado y no he podido ir. Es una de mis visitas patrias pendientes y espero este próximo año resarcirme de ello. Tu descripción ha sido como teletransportarse a Barna.
Un saludo

Marcos Callau dijo...

Bonito recuerdo, bonitas palabras para una ciudad con magia.

Juan "Manhattan" dijo...

Emotivo relato de una ciudad que siempre me ha fascinado y que, como a ti, con el tiempo he terminado por aborrecer.
Cada "subida" a Barcelona era como un ritual: la obligada visita a la C/ Tallers, donde literalmente fundía mis pocos ahorros, la amena ruta Continuará (¿la mejor libreria de cómics de toda España?), Norma, Freaks...los bocatas de Can Conesa...las noches de fiesta en el Gótico o los conciertos en Razzmatazz...todo recuerdos inolvidables de una ciudad que me tenía enamorado. Hasta que en las últimas visitas comencé a vislumbrar una Barcelona de postín, de diseño, de fachada. También me agobian los turistas que abarrotan las Ramblas, y ya no me saben igual los calamares que solía tomar como almuerzo en un emblemático bar del Mercado de la Boquería. Ya no encuentro joyas olvidadas en el Mercat de Sant Antoni, sino saldos y tebeos que podría adquirir perfectamente en una bien surtida librería especializada. Ni siquiera el Saló se celebra en la entrañable Estación de Francia. Los jóvenes me parecen "modernos" preocupados por su look e intentando encajar en la escena o tendencia músical que se lleve esa temporada, los garitos ya no pinchan rock, las calles de noche se infestan de perro-flautas, prostitutas nigerianas, carteristas y trileros.
Espero que algún dia Barcelona recupere la identidad que describes tan bien en tu texto, porque esa es la Barcelona que siempre me ha seducido.

Yourcenar dijo...

La de veces que te escuche decir estas cosas, Tallers ... Can Conesa ...

Barcelona siempre tendra su encanto, es una ciudad libre.

Por cierto un buen blog, siempre has escrito muy bien, lo seguire atentamente.

prades dijo...

Que buenos los bocatas de butifarra blanca...
Sí, quizás es verdad lo que dice Juan Manhattan sobre la nueva fauna que también puebla la ciudad. Pero los tiempos cambian para todas las capitales y es normal que a Barcelona le haya ocurrido. Hablar de los porqués sería interesante...
Y sí también, el "mercat" no es lo mismo desde que hay videojuegos... Pero hace dos Domingos pude comprar "La fantasía de Segrelles" (Norma editorial) por 6 euros. Buscadlo en librerías o en páginas de subasta y veréis lo que os piden. La magia no está del todo perdida.