domingo, 19 de septiembre de 2010

El Pianista

No siento ninguna simpatía por Roman Polanski. No me gusta cómo intenta librarse de unos abusos sexuales cometidos sobre una niña de 13 años en 1977, ni la defensa cerrada que se ha hecho de él desde el gremio. No me gustan sus películas, plomizas y pretenciosas, el equivalente cinematográfico al cantautor pelmazo, ni me va su talante endiosado, de juerguista con resaca. Me parece un vividor con mucha suerte y aún más jeta. En 2002 estrenó, sin embargo, el que se me asemeja su mejor trabajo. El Pianista está basado en la autobiografía de Wladyslaw Szpilman, un reconocido músico polaco. Un largometraje que cuenta la invasión de Polonia por el ejército nazi, el exterminio de su población, la sublevación del ghetto de Varsovia, y las peripecias del protagonista para seguir sobreviviendo entre el caos y la miseria. En ella Polanski refleja su propia experiencia y la de su familia durante la guerra. Pero yo no puedo evitar verla como un intento del director por ajustar cuentas, de limpiarse el trasero para presentarse como un tipo con conciencia, mientras a la vez pretende ponerse a la altura de Steven Spielberg replicando la temática de La Lista de Schindler diez años después, con menos talento. Llámenme suspicaz si quieren. Mezquino incluso. Lo acepto.

Lo que no se puede negar es que El Pianista es una producción espléndida e imprescindible. Una película que se cimenta toda ella en la presencia de su protagonista, Adrien Brody, en la expresión de su rostro. Un perpetuo gesto de infinitos dolor y tristeza que que invita a la empatía y evoca patetismo. La vivencia de Szpilman es la de todo un pueblo que pasa de la comodidad a la miseria mientras el espectador contempla los hechos con la sensación de estar siendo testigo de una ceremonia absurda. Los personajes lo toman todo como parte de su cotidianeidad. Pasan de una circunstancia a otra paralizados por el miedo mientras esperan la muerte como corderos que son conducidos al matadero. Con aceptación, soportando abusos y adaptándose a lo que viene para seguir adelante. Mientras nosotros, sentados cómodamente en nuestras butacas, observamos entre la vergüenza y la desesperación, pues esta es una historia real. No esperen acción ni heroismos. Sólo miedo perpetuo, encierros y humillaciones. Los personajes huyen una y otra vez, se esconden de un lado a otro, y el único amago de dignidad en toda la película acontece cuando asistimos desde la distancia, como el mismo protagonista, a la revuelta de Varsovia.

Contemplamos los horrores reales de la guerra. Secuencias impresionantes de ejecuciones sumarias, muertes sin sentido en una ciudad completamente arrasada, reducida a ruinas. Desde los patéticos esfuerzos iniciales de la gente por conservar sus pertenencias, hasta los exterminios nocturnos con total impunidad en una sucesión de secuencias horribles, como cuando arrojan desde un balcón a un anciano en silla de ruedas por no levantarse al llegar los nazis. Vemos cómo unos nadan en la abundancia como si nada pasara, prosperando incluso, mientras otros desfallecen y agonizan a su lado. Los cadáveres se pudren en la calle mientras la vida sigue. Al final el oro, los relojes caros, los libros, no son más que objetos de intercambio para conseguir comida, alojamiento, protección, sobrevivir. Y la maldad, la pura maldad que parece inconcebible. ¿Cuánto sádico había en el ejército alemán? ¿Cuánto hay hoy en día agazapado en cualquier lugar del mundo aguardando, dispuesto a repetirlo?

Adrien Brody realiza un trabajo magistral. Reducido a un estado deshumanizado, con expresión de animal acosado. Una interpretación precisa como el mecanismo de un reloj con cada sonrisa contenida, con cada cambio apenas imperceptible de sus ojos. Provoca un estremecimiento presenciar la devastadora secuencia en la que Szpilman, enfermo, desnutrido, tembloroso, toca una pieza de Chopin hacia el final de la película, en la que descarga todo su sentimiento, toda su pasión, toda su furia. Cada fotograma que antecede y precede a esa secuencia, los rostros, las miradas, los suspiros, son una lección de narrativa. No hay apenas diálogo, no es necesario. Ahí es donde Polanski demuestra su oficio. Sabe contarlo todo con dos movimientos de cámara y deja El Pianista como su legado. Como otra película imprescindible sobre nuestro pasado reciente. Un pasado que, por muchas veces que se vea, sigue sorprendiendo. En pleno siglo XX (y no nos engañemos, en el XXI) todavía se dan casos de barbarie tan extrema, de degeneración colectiva, de esclavitud, de humillación y de violencia sobre nuestros semejantes con tamaña sangre fría.

Calificación: 5

8 Comentarios:

Fran G. dijo...

Acompáñese con vodka helado.

TSI-NA-PAH dijo...

Me gusto , aunque no tanto como otras peliculas sobre el mismo y lamentable momento historico.A mi el que me cae mal es el Brody, con sus salidas de tono de egocentrico.Polansky se comporto mal, pero la"niña" sabia donde se metia y lo hacia par llegar a algo en Hollywood.Ningun de los dos es trigo limpio!
Un abrazo

David dijo...

No la he visto (todavía... Salió cruz y fue mi mujer). Sobre el tema de Polanski, ni entro... que vamos a discutir, y no tengo ganas.
Eso sí, no seas tan suspicaz.
Añadir que Polanski no me parece un genio, ni figuraría en la lista de mis veinte favoritos tal vez, pero sí un estupendo director... y Chinatown la revisité el año pasado y me parece un peliculón.
Saludito.

Jero dijo...

Yo creo que Polanski es un muy buen director (ahí están "Chinatown", "La semilla del diablo" o esta "El pianista"), pero muy irregular. Brody, por otro lado, me parece un estupendo actor al que le cuesta encontrar su lugar. Tiene un físico muy determinante y no consigue recalar en proyectos realmente interesantes. Posiblemente nunca vuelva a volar tan alto como con el personaje de Szpilman.

Sobre sus vidas privadas, ellos sabrán. Yo intento no juzgar la obra por su autor, aunque es cierto que en el caso de Polanski muchas veces parece haber segundas intenciones en sus películas (hay un diálogo buenísimo sobre el sistema judicial estadounidense a cuento de los tratados de extradición en la interesante "El escritor" que casi parece una excusa respecto a su propia situación legal).

Anónimo dijo...

De acuerdo en parte en el juicio sobre la persona, si bien... ¿quién puede juzgar a quién? Han pasado muchos años y Polanski no se ha convertido precisamente en un pederasta recalcitrante. En fin, doctores tiene la Iglesia. El Pianista, maravillosa. Aunque puestos a sacarle punta al personal, el extraordinario -solo en esa película- Adrien Brody, también es un tipo impresentable que se dedica a recorrer España arriba y abajo en carreras ilegales de millonarios en bólidos (porsches, ferraris, etc.,) de esos que solo pueden pagarse ellos... Carreras en las que incluso estos chicos bien han llegado a atropellar y matar a algunos pacíficos viandantes. ¿Polanski?, un santo entonces. Un director magistral, no sé.
Un abrazo,

PD: Últimamente -no solo en tu blog- blogger no me permite hacer comentarios con mi identidad, por lo que tengo que hacerlos como anónimo. ¿Alguien sabe por qué? Antes no pasaba.
Víctor
http://otroscuentosimposibles.blogspot.com/

Fran G. dijo...

Tal vez sea porque incluyes un link y blogger piensa que es spam.

Víctor González dijo...

Vale, buena observación... gracias. Pero no hubiera incluido el link -nunca lo hago- si me hubiera dejado escribir el comentario con mi identidas, como por ejemplo ahora. En fin, Blogger es impredecible.

Elena Benito dijo...

De la vida privada del director y del director no voy a hablar. Pero creo que ver la actuación de Brody merece la pena. Una historia de auténtica supervivencia. Que no nos manden todo lo que podemos soportar, porque nos sorprenderíamos.