El Empleado puede oir desde hace días el silencio a su alrededor, envolviéndole espeso como mermelada de barro. Siente un vacío que se abre en torno a él denso y aullante, como un hueco sin fin en el que nadie quiere entrar y que le absorbe hacia el fondo. Cruza la Oficina hacia su cubículo y el silencio murmura bajo sus pies, caracolea en sus espaldas. Un silencio ominoso que le pesa mientras desfila como un apestado entre las mesas sin atreverse a alzar la mirada, sin ganas de enfrentarla con nadie. La Secretaria se acerca a él renqueante, describiendo pequeños meandros para dirigirle una mirada morosa, para hablarle con voz esquiva.
- El... eh... el Jefe de... de Ventas quiere... huh... ha-hablar contigo... No sé qué... no sé qué dice... qué quiere - tartarmudea la Secretaria haciéndole pequeñas señales bamboleando con la cabeza.
El Empleado vuelve a atravesar la Oficina caminando como un borracho sobre la cuerda floja, intentando mantener el equilibrio sobre las líneas de las baldosas del suelo. Todas las miradas están fijas en las respectivas mesas, pero El Empleado las siente clavadas sobre él. Podría tropezar sobre una raya de tiza en el suelo. El Empleado golpea la puerta del Jefe de Ventas con los nudillos. Dentro le aguardan la Jefa de Personal y el Jefe de Ventas. El silencio le acoge amorosamente como un edredón, como el seno de una madre lactante.
- Siéntate - dice el Jefe de Ventas.
El Empleado se sienta, pega la columna al respaldo de la silla, apoya los antebrazos sobre la mesa y entrelaza silenciosamente los dedos de las manos.
- Te hemos llamado para rescindirte el contrato - anuncia el Jefe de Ventas en plural mayestático. Se queda mirando al Empleado como si estuviera esperando alguna reacción. El Empleado no mueve un músculo.
- No sé si te lo estabas esperando... O si lo estabas provocando... - vuelve a decir el Jefe de Ventas. El Empleado sigue en silencio, sin mostrar ninguna emoción. La Jefa de Personal le tiende un papel.
- Necesitamos que leas esto y lo firmes - dice la Jefa de Personal. El Empleado echa un vistazo por encima. "Descenso en la productividad", lee. "Repetidos avisos", lee. "Caso omiso a las advertencias", lee. "La Empresa reconoce el despido improcedente", lee. El Empleado hace rotar el papel sobre la mesa.
- Firmar esto no significa nada - dice la Jefa de Personal - Sólo es un apercibimiento, para que te des por enterado.
- No lo voy a firmar - dice el Empleado.
- Ya te digo que no implica nada de tu parte - insiste la Jefa de Personal -. Reconocemos que el despido es improcedente. Se te va a indemnizar por todo lo que te corresponde.
- No lo voy a firmar - repite el Empleado -. Me despedís porque llevo un año trabajando quince horas al día sin cobrar las horas extras y ahora me niego. Me despedís porque me limito a hacer mi trabajo y mi horario. Me despedís porque queréis hacer el mismo trabajo con menos gente. Poned eso en la carta de despido y la firmaré.
El Empleado habla despacio. El Empleado habla bajo. El Empleado no ha utilizado más movimientos del rostro que los imprescindibles para contestar a la Jefa de Personal. El Jefe de Ventas lo mira intrigado y quizá se pregunta qué está sintiendo el Empleado. El Jefe de Ventas parece desconcertado porque se había preparado para cualquier respuesta del Empleado, pero no para esta. El silencio pesa sobre los tres.
La Jefa de Personal llama a dos personas más.
- Estas dos Empleadas van a firmar como que son testigos de que se te ha entregado la carta de despido, ya que tú no la quieres firmar - dice la Jefa de Personal.
El Empleado observa en silencio mientras la Jefa de Personal dicta a las dos Empleadas lo que tienen que escribir sobre el papel antes de firmarlo. El Empleado se permite entonces balancear ligeramente el cuello para mirar a su alrededor. Siente una inmensa paz el Empleado. La Jefa de Personal tiene la vista desviada hacia la pared de la derecha mientras desgrana la declaración. El Jefe de Ventas retuerce los ojos hacia el techo con la mirada vacía. El Empleado rota consecutivamente entre ambos. Primero al uno, luego a la otra. Luego al uno otra vez, luego otra vez a la otra. El Empleado mira a sus compañeras y se percata de que a una le tiembla ligeramente la mano. El Empleado se siente sonreir con un ronquido mudo, aunque tal vez no se le note exteriormente. Todo se convierte en un suave rumor para el Empleado, el silencio le empasta como si estuviera a muchos kilómetros debajo del mar. Cuando termina la ceremonia, el Empleado ya no es un Empleado. Ahora es un Ciudadano que sale con las pupilas brumosas por la puerta de la Oficina por última vez. Todo lo que ve a ambos lados es un borrón que se le desvanece como un recuerdo lejano, como una mancha de acuarela que chorrea sobre una pared. El Jefe de Ventas todavía le esta diciendo algo cuando el Ciudadano se da la vuelta y se dirige a la salida. En el camino hacia el aparcamiento el Ciudadano saca un teléfono móvil del bolsillo y llama a su casa.
- Hola, cariño - dice el Ciudadano.- Voy para allá, me han despedido.
- No te preocupes - contesta una voz al otro lado -. Acuérdate de comprar pan para la cena.
El Ciudadano entra en su coche, pone en marcha el motor y enciende la radio. Por los altavoces resuena una Voz.
- La crisis se agudiza. Según las últimas estadísticas, este año ha habido en nuestro país más de medio millón de despidos improcedentes. Parece que los Empresarios estén aprovechando la coyuntura para hacer limpieza. Es inexplicable - dice la Voz.
- No, no lo es - dice el Ciudadano mientras gira el volante hacia la izquierda y se borra en el horizonte camino de su casa.
En la Oficina, el Jefe de Ventas golpea con los nudillos en la puerta del Director.
- Eso es todo- dice el Jefe de Ventas - Este es el último de la lista.
- No, no lo es - contesta el Director -. Pasa y siéntate, tengo que hablar contigo.
El zumbido del silencio en los oídos del Jefe de Ventas de repente se hace ensordecedor.
- El... eh... el Jefe de... de Ventas quiere... huh... ha-hablar contigo... No sé qué... no sé qué dice... qué quiere - tartarmudea la Secretaria haciéndole pequeñas señales bamboleando con la cabeza.
El Empleado vuelve a atravesar la Oficina caminando como un borracho sobre la cuerda floja, intentando mantener el equilibrio sobre las líneas de las baldosas del suelo. Todas las miradas están fijas en las respectivas mesas, pero El Empleado las siente clavadas sobre él. Podría tropezar sobre una raya de tiza en el suelo. El Empleado golpea la puerta del Jefe de Ventas con los nudillos. Dentro le aguardan la Jefa de Personal y el Jefe de Ventas. El silencio le acoge amorosamente como un edredón, como el seno de una madre lactante.
- Siéntate - dice el Jefe de Ventas.
El Empleado se sienta, pega la columna al respaldo de la silla, apoya los antebrazos sobre la mesa y entrelaza silenciosamente los dedos de las manos.
- Te hemos llamado para rescindirte el contrato - anuncia el Jefe de Ventas en plural mayestático. Se queda mirando al Empleado como si estuviera esperando alguna reacción. El Empleado no mueve un músculo.
- No sé si te lo estabas esperando... O si lo estabas provocando... - vuelve a decir el Jefe de Ventas. El Empleado sigue en silencio, sin mostrar ninguna emoción. La Jefa de Personal le tiende un papel.
- Necesitamos que leas esto y lo firmes - dice la Jefa de Personal. El Empleado echa un vistazo por encima. "Descenso en la productividad", lee. "Repetidos avisos", lee. "Caso omiso a las advertencias", lee. "La Empresa reconoce el despido improcedente", lee. El Empleado hace rotar el papel sobre la mesa.
- Firmar esto no significa nada - dice la Jefa de Personal - Sólo es un apercibimiento, para que te des por enterado.
- No lo voy a firmar - dice el Empleado.
- Ya te digo que no implica nada de tu parte - insiste la Jefa de Personal -. Reconocemos que el despido es improcedente. Se te va a indemnizar por todo lo que te corresponde.
- No lo voy a firmar - repite el Empleado -. Me despedís porque llevo un año trabajando quince horas al día sin cobrar las horas extras y ahora me niego. Me despedís porque me limito a hacer mi trabajo y mi horario. Me despedís porque queréis hacer el mismo trabajo con menos gente. Poned eso en la carta de despido y la firmaré.
El Empleado habla despacio. El Empleado habla bajo. El Empleado no ha utilizado más movimientos del rostro que los imprescindibles para contestar a la Jefa de Personal. El Jefe de Ventas lo mira intrigado y quizá se pregunta qué está sintiendo el Empleado. El Jefe de Ventas parece desconcertado porque se había preparado para cualquier respuesta del Empleado, pero no para esta. El silencio pesa sobre los tres.
La Jefa de Personal llama a dos personas más.
- Estas dos Empleadas van a firmar como que son testigos de que se te ha entregado la carta de despido, ya que tú no la quieres firmar - dice la Jefa de Personal.
El Empleado observa en silencio mientras la Jefa de Personal dicta a las dos Empleadas lo que tienen que escribir sobre el papel antes de firmarlo. El Empleado se permite entonces balancear ligeramente el cuello para mirar a su alrededor. Siente una inmensa paz el Empleado. La Jefa de Personal tiene la vista desviada hacia la pared de la derecha mientras desgrana la declaración. El Jefe de Ventas retuerce los ojos hacia el techo con la mirada vacía. El Empleado rota consecutivamente entre ambos. Primero al uno, luego a la otra. Luego al uno otra vez, luego otra vez a la otra. El Empleado mira a sus compañeras y se percata de que a una le tiembla ligeramente la mano. El Empleado se siente sonreir con un ronquido mudo, aunque tal vez no se le note exteriormente. Todo se convierte en un suave rumor para el Empleado, el silencio le empasta como si estuviera a muchos kilómetros debajo del mar. Cuando termina la ceremonia, el Empleado ya no es un Empleado. Ahora es un Ciudadano que sale con las pupilas brumosas por la puerta de la Oficina por última vez. Todo lo que ve a ambos lados es un borrón que se le desvanece como un recuerdo lejano, como una mancha de acuarela que chorrea sobre una pared. El Jefe de Ventas todavía le esta diciendo algo cuando el Ciudadano se da la vuelta y se dirige a la salida. En el camino hacia el aparcamiento el Ciudadano saca un teléfono móvil del bolsillo y llama a su casa.
- Hola, cariño - dice el Ciudadano.- Voy para allá, me han despedido.
- No te preocupes - contesta una voz al otro lado -. Acuérdate de comprar pan para la cena.
El Ciudadano entra en su coche, pone en marcha el motor y enciende la radio. Por los altavoces resuena una Voz.
- La crisis se agudiza. Según las últimas estadísticas, este año ha habido en nuestro país más de medio millón de despidos improcedentes. Parece que los Empresarios estén aprovechando la coyuntura para hacer limpieza. Es inexplicable - dice la Voz.
- No, no lo es - dice el Ciudadano mientras gira el volante hacia la izquierda y se borra en el horizonte camino de su casa.
En la Oficina, el Jefe de Ventas golpea con los nudillos en la puerta del Director.
- Eso es todo- dice el Jefe de Ventas - Este es el último de la lista.
- No, no lo es - contesta el Director -. Pasa y siéntate, tengo que hablar contigo.
El zumbido del silencio en los oídos del Jefe de Ventas de repente se hace ensordecedor.
3 Comentarios:
Buenísimo. Y ese final O'Henry también.
Sí; es muy bueno. Espero no resultar pesado; pero no dejo de imaginar este reláto ilustrado por Richard Corben donde sin duda tendrían muchisima fuerza estas palabras acompañadas de sus dibujos; sería una delicia leerlo.
Excelente, pertinente en estos tiempos,y memorable el final. Enhorabuena
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