Ayer tuve la desgracia de vérmelas sentado durante un rato ante un televisor. Ha llegado septiembre y la avalancha de anuncios de coleccionables me ha impelido a colgar este pequeño recordatorio de algo que ya pudieron leer los más fieles el año pasado. Aquellos que se lo perdieron, aquí lo tienen de nuevo en todo su glorioso esplendor. Léanlo antes de que lo lamenten para siempre.
Desde muy niño me han encantado los quioscos, tienen algo que me fascina y me hipnotiza. Creo que hubiera sido feliz regentando uno. No puedo pasar por un quiosco sin pararme a repasar todas las publicaciones que cuelgan de sus paredes. Cuántas maravillas he descubierto en esas inspecciones. Ya casi no me paro ante ellos. Añoro aquella época en la que recorría las calles buscando el nuevo ejemplar de El Guerrero del Antifaz, de El Príncipe Valiente de Burulan, de Relatos Salvajes de Vértice. Caminaba durante horas peinando toda la zona, siempre con la vana esperanza de que si mi comic favorito no había llegado a uno de los puestos, tal vez estaría en otro. Hoy esas pequeñas casetas apostadas en las esquinas han sido sitituidas por vistosos caserones atiborrados de publicaciones superpuestas en las que no puedes distinguir nada de lo que hay en sus portadas. Y aquellos comics surtidos de mi infancia han desaparecido en favor de toneladas de prensa del corazón y revistas pornográficas.
Y de coleccionables. Cada año por estas fechas una avalancha de las colecciones más peregrinas llega a los quioscos. Tacitas de té, dinosaurios recortables, reproducciones de palacios en miniatura, rebuznos envasados al vacío. Vendidas con marchamo de calidad, como si fueran el no va más del prestigio y el refinamiento. Para rellenar una estantería y que queden la mar de bien. En mis visitas a los quioscos he podido darme de bruces con colecciones que jamás pensé que se vendieran y con gente que jamás pensé que las compraría. Y también he sido testigo de alguna anécdota rocambolesca, demostración palmaria de que uno no sabe que necesita algo hasta que la televisión te dice que lo necesitas. Permítanme reproducirles una conversación que no tuve más remedio que oir mientras olfateaba en busca de un diamante entre el carbón.
La señora se acerca muy dispuesta, con aires de saber muy bien lo que quiere, directa a preguntar al quiosquero.
- Buenas, ¿Tiene esa colección que acaba de salir...? Mmm... se llama música... música... cántabra.
En ese momento yo doy un respingo. Vale, no quería meter la nariz en un asunto que no era mio. Soy un tipo educado, de veras que no quería escuchar eso. Pero a partir de ese momento tenía que saber qué iba a pasar ahí. Era evidente que la señora quería decir música celta. Y era también evidente que no tenía ni repajolera idea de lo que estaba hablando, pero que eso le sonaba muy new age y espiritual y muy en la onda y tal. El quiosquero se lo piensa. No le suena, claro. Entonces se le ilumina la cara con una brillante idea.
- No, verá, esa no nos ha llegado, pero tal vez le interese esta otra. ¡Es de música... sacrílega!
Y yo, que adivino que lo que el hombre intenta decir es música sacra, intento ayudar. Pero se me escapa una carcajada, miro a mi alrededor disimulando y salgo por pies.
Desde muy niño me han encantado los quioscos, tienen algo que me fascina y me hipnotiza. Creo que hubiera sido feliz regentando uno. No puedo pasar por un quiosco sin pararme a repasar todas las publicaciones que cuelgan de sus paredes. Cuántas maravillas he descubierto en esas inspecciones. Ya casi no me paro ante ellos. Añoro aquella época en la que recorría las calles buscando el nuevo ejemplar de El Guerrero del Antifaz, de El Príncipe Valiente de Burulan, de Relatos Salvajes de Vértice. Caminaba durante horas peinando toda la zona, siempre con la vana esperanza de que si mi comic favorito no había llegado a uno de los puestos, tal vez estaría en otro. Hoy esas pequeñas casetas apostadas en las esquinas han sido sitituidas por vistosos caserones atiborrados de publicaciones superpuestas en las que no puedes distinguir nada de lo que hay en sus portadas. Y aquellos comics surtidos de mi infancia han desaparecido en favor de toneladas de prensa del corazón y revistas pornográficas.
Y de coleccionables. Cada año por estas fechas una avalancha de las colecciones más peregrinas llega a los quioscos. Tacitas de té, dinosaurios recortables, reproducciones de palacios en miniatura, rebuznos envasados al vacío. Vendidas con marchamo de calidad, como si fueran el no va más del prestigio y el refinamiento. Para rellenar una estantería y que queden la mar de bien. En mis visitas a los quioscos he podido darme de bruces con colecciones que jamás pensé que se vendieran y con gente que jamás pensé que las compraría. Y también he sido testigo de alguna anécdota rocambolesca, demostración palmaria de que uno no sabe que necesita algo hasta que la televisión te dice que lo necesitas. Permítanme reproducirles una conversación que no tuve más remedio que oir mientras olfateaba en busca de un diamante entre el carbón.
La señora se acerca muy dispuesta, con aires de saber muy bien lo que quiere, directa a preguntar al quiosquero.
- Buenas, ¿Tiene esa colección que acaba de salir...? Mmm... se llama música... música... cántabra.
En ese momento yo doy un respingo. Vale, no quería meter la nariz en un asunto que no era mio. Soy un tipo educado, de veras que no quería escuchar eso. Pero a partir de ese momento tenía que saber qué iba a pasar ahí. Era evidente que la señora quería decir música celta. Y era también evidente que no tenía ni repajolera idea de lo que estaba hablando, pero que eso le sonaba muy new age y espiritual y muy en la onda y tal. El quiosquero se lo piensa. No le suena, claro. Entonces se le ilumina la cara con una brillante idea.
- No, verá, esa no nos ha llegado, pero tal vez le interese esta otra. ¡Es de música... sacrílega!
Y yo, que adivino que lo que el hombre intenta decir es música sacra, intento ayudar. Pero se me escapa una carcajada, miro a mi alrededor disimulando y salgo por pies.
1 Comentarios:
Genial, la música sacrílega. Tengo un amigo que tiene la mejor tienda de muebles de diseño de Galicia. Una tienda muy cara, lógicamente: Alessi, Campana, muebles nórdicos, etc. Durante años se dedicó a anotar en un bloc frases de clientes... digamos "despistados". Y tiene algunas extraordinarias. Una de las mejores que recuerdo es la de una señora que le dijo en cierta ocasión: "Yo, lo que quiero, Luis, es una mesa de fornica, con las patas aniquiladas".
Un saludo,
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