Vicentín tenía sonrisa de niño. Una sonrisa que le dulcificaba la mirada y que dejaba ver un solo diente en el centro de su boca. Un diente cuadradito, como de leche, un diente que le hacía parecer necesitado de un chupete, que le confería la simpatía y ternura de los ratoncitos de los dibujos animados. Cada vez que Vicentín sonreía se le transformaba el rostro y se convertía en un ser con un brillo ingenuo al que todo el mundo deseaba abrazar. Hasta su piel se volvía aún más blanca, como si de repente reflejase toda la luz de un espíritu en calma. Vicentín también tenía unos trapecios que le salían directamente de detrás de las orejas. Una masa de carne inflada y nudosa. Una montaña de músculos que hundía su cabeza ligeramente ovoide entre unos hombros inverosímiles que no parecían pertenecer a ese rostro, como si sus clavículas se hubieran prolongado al doble de su longitud. Vicentín era bajito, muy bajito. A veces daba la impresión de que Vicentín era más ancho que largo, una impresión que se reafirmaba por su forma bamboleante de caminar, porque Vicentín no conseguía alinear sus gruesas extremidades con el resto de su cuerpo. Tenía los brazos cubiertos de tatuajes de todo tipo, tribales, siniestros, neonazis. Vicentín había comprado el set completo del perfecto fantasmón. Aunque tenía preferencia por los lemas rimbombantes e inspiradores: "Valor y Fuerza", "Lealtad", "Nunca Provocar la Pelea, Nunca Rehuirla". También se había tatuado su nombre en el abdomen, con su fecha de nacimiento en números romanos, como si fuese la brújula que necesitase para encontrar siempre su norte, como si alguna vez lo fuese a olvidar.
Vicentín había empezado a ir al gimnasio con dieciseis años. Entonces era un niño gordito y menudo que apenas hablaba y jamás miraba a los ojos cuando alguien se dirígía a él. En aquel gimnasio Vicentín se sentía feliz y en casa. Le gustaba estar allí, y disfrutaba discutiendo de dietas y formas de entrenamiento. Empezó a comparar sus tatuajes con los de otros socios, a debatir sobre sus películas favoritas de Jean-Claude Van Damme, a sentirse parte de algo. Vicentín perdió una considerable cantidad de grasa y su cuerpo comenzó a mostrar volumen de otro modo. Cuando se miraba al espejo, Vicentín lucía aquella sonrisa desarmante que hacía que a todos les pareciera un angelito. Con dieciocho años Vicentín tomó por primera vez esteroides. Dianabol ruso y Winstrol oral con etiqueta de China. Consiguió un trapicheo con un médico de una residencia de ancianos y empezó a inyectarse Deca-Durabolín y Primobolán. Probó todo tipo de testosteronas hasta que los testículos se le secaron como dos cáscaras de nuez y comenzó a sentir dolor en los pezones. Vicentín contaba todo esto con una carcajada breve y aguda que traicionaba su impresionante aspecto. "Total, para lo que los uso", decía. Vicentín empezó a meterse Clembuterol y coqueteó con la insulina, pero le dio miedo. También le vendieron falsificaciones en más de una ocasión y relataba entre divertido y resignado la temporada en que se estuvo pinchando agua destilada. En dos años Vicentín era el tipo más fuerte del gimnasio. El más fuerte de su barrio. El tipo más fuerte que hubiese visto en persona nadie jamás. Tenía la espalda y los antebrazos surcados de gruesos granos de grasa, y su estómago se había dilatado por los anabolizantes. Un vientre abultado y duro como una roca, rajado por los abdominales, pero que cuando se vestía le hacía volver a parecer gordo. Daba igual, eso no le importaba a nadie. Tampoco le importaba a Vicentín. Cuando Vicentín acababa de hacer una serie de press de banca con 130 kilos y posaba ante el espejo, toda la sala se paralizaba con murmullos de admiración.
Vicentín se enteró de que en Málaga había una cuadra en la que podía conseguir esteroides para caballos, y comenzó a hacer viajes regulares en su pequeño Renault Clio junto con otro amigo que había adoptado bajo su ala protectora y que le admiraba abiertamente. El aire de aventura le producía una satisfactoria alegría que hacía que se le disparasen los niveles de adrenalina. Vicentín era un tipo fiero. Había tenido suerte, sólo le habían salido estrías en las axilas y el pecho, el pelo no se le había caido demasiado y tenía músculos hasta en los párpados. Seguía comiendo siete u ocho veces al día, preparándose kilos de arroz blanco y pechugas de pollo a la plancha que transportaba en varios tuppers en su mochila allí a donde fuera. Vicentín había encontrado su estilo de vida, siempre ataviado con su ropa deportiva negra y su gorrita de beisbol calada hasta los ojos. Todo el mundo era capaz de etiquetarlo nada más verlo y eso le hacía feliz. Vicentín estaba enorme. Y enorme estaba cuando en mitad de una serie de sentadillas de altas repeticiones le sacudió el cuerpo un coma hepático que lo tuvo ingresado tres meses en un hospital hasta que sus órganos castigados dijeron basta. Vicentín murió antes de cumplir los treinta y cuatro años. Y es curioso, su cuerpo enorme cupo perfectamente en un ataúd tamaño estándar.
Vicentín había empezado a ir al gimnasio con dieciseis años. Entonces era un niño gordito y menudo que apenas hablaba y jamás miraba a los ojos cuando alguien se dirígía a él. En aquel gimnasio Vicentín se sentía feliz y en casa. Le gustaba estar allí, y disfrutaba discutiendo de dietas y formas de entrenamiento. Empezó a comparar sus tatuajes con los de otros socios, a debatir sobre sus películas favoritas de Jean-Claude Van Damme, a sentirse parte de algo. Vicentín perdió una considerable cantidad de grasa y su cuerpo comenzó a mostrar volumen de otro modo. Cuando se miraba al espejo, Vicentín lucía aquella sonrisa desarmante que hacía que a todos les pareciera un angelito. Con dieciocho años Vicentín tomó por primera vez esteroides. Dianabol ruso y Winstrol oral con etiqueta de China. Consiguió un trapicheo con un médico de una residencia de ancianos y empezó a inyectarse Deca-Durabolín y Primobolán. Probó todo tipo de testosteronas hasta que los testículos se le secaron como dos cáscaras de nuez y comenzó a sentir dolor en los pezones. Vicentín contaba todo esto con una carcajada breve y aguda que traicionaba su impresionante aspecto. "Total, para lo que los uso", decía. Vicentín empezó a meterse Clembuterol y coqueteó con la insulina, pero le dio miedo. También le vendieron falsificaciones en más de una ocasión y relataba entre divertido y resignado la temporada en que se estuvo pinchando agua destilada. En dos años Vicentín era el tipo más fuerte del gimnasio. El más fuerte de su barrio. El tipo más fuerte que hubiese visto en persona nadie jamás. Tenía la espalda y los antebrazos surcados de gruesos granos de grasa, y su estómago se había dilatado por los anabolizantes. Un vientre abultado y duro como una roca, rajado por los abdominales, pero que cuando se vestía le hacía volver a parecer gordo. Daba igual, eso no le importaba a nadie. Tampoco le importaba a Vicentín. Cuando Vicentín acababa de hacer una serie de press de banca con 130 kilos y posaba ante el espejo, toda la sala se paralizaba con murmullos de admiración.
Vicentín se enteró de que en Málaga había una cuadra en la que podía conseguir esteroides para caballos, y comenzó a hacer viajes regulares en su pequeño Renault Clio junto con otro amigo que había adoptado bajo su ala protectora y que le admiraba abiertamente. El aire de aventura le producía una satisfactoria alegría que hacía que se le disparasen los niveles de adrenalina. Vicentín era un tipo fiero. Había tenido suerte, sólo le habían salido estrías en las axilas y el pecho, el pelo no se le había caido demasiado y tenía músculos hasta en los párpados. Seguía comiendo siete u ocho veces al día, preparándose kilos de arroz blanco y pechugas de pollo a la plancha que transportaba en varios tuppers en su mochila allí a donde fuera. Vicentín había encontrado su estilo de vida, siempre ataviado con su ropa deportiva negra y su gorrita de beisbol calada hasta los ojos. Todo el mundo era capaz de etiquetarlo nada más verlo y eso le hacía feliz. Vicentín estaba enorme. Y enorme estaba cuando en mitad de una serie de sentadillas de altas repeticiones le sacudió el cuerpo un coma hepático que lo tuvo ingresado tres meses en un hospital hasta que sus órganos castigados dijeron basta. Vicentín murió antes de cumplir los treinta y cuatro años. Y es curioso, su cuerpo enorme cupo perfectamente en un ataúd tamaño estándar.
4 Comentarios:
Sorprendente, original y muy intenso. Enhorabuena. Un saludo,
¿la gente se mete esteroides para caballos?
Me parece de locos que haya gente así.
El otro día robaron en la farmacia de mi hospital...y adivina que fue....si,desaparecieron todos los esteroides,sólo eso.Impresionante a lo que puede llegar la gente.
Llevo casi diez años yendo al gimnasio y he estado ya en unos 7 centros distintos. En todos ellos he reconocido a tipos como el Vicentín de tu entrada. Curiosamente, uno pensaría que la inmensa mayoría son descerebrados con un nivel cultural ínfimo que no tienen ni idea de cómo están castigando su propio cuerpo. Pero no es verdad: hay gente de todo tipo, desde el más ignorante hasta el más ducho en materia sanitaria. Lo que pasa es que, de todos modos, deciden correr el riesgo. Valoran sus metas y el modo de conseguirlas y deciden que les compensa la esterilidad y la alopecia y el clásico abdomen prominente que esconde un páncreas inútil e irrecuperable a cambio de noventa centímetros de circunferencia en el brazo.
Y es una pena, porque entrenar bien para ponerse realmente grande requiere una cantidad de esfuerzo y voluntad diarias que demuestran mucho acerca de la capacidad de superación personal de ciertas personas. El problema, me temo, es que no son conscientes de dos cosas:
1- Que ponerse grande a costa de la salud no es superarse. Es simplemente ponerse grande. Y morirse joven.
2- Que anabolizarse es hacer trampa. Lo digo como asiduo al gimnasio, además. Si te pinchas y te crecen los brazos hasta adoptar el tamaño de una sandía, lo que mides y lo que mueves no es una hipertrofia crónica real, es como el que corre los 100 metros en un tiempo récord hasta arriba de estimulantes. Viendo a los opositores a bombero competir en las pruebas a las que se está presentando mi hermano uno comprende que ese tipo de conductas son totalmente contraproducentes para estar realmente en forma. Un tipo de 1,65 y 90 kilos de puro músculo es incapaz de nadar 50 metros en 30 segundos o correr el kilómetro en 3 minutos. Eso sí es superación personal en el plano físico. Lo otro no deja de ser vigorexia, que está catalogada como una enfermedad mental.
Por cierto, David: la gente se mete lo que sea. Incluso aceite de motor para hincharse el músculo con líquidos de cierta densidad. Hay casos de gente que se ha muerto por envenenamiento con cosas como ésta...
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