viernes, 28 de mayo de 2010

La vida no es una película

Sólo quería hacer algo bonito, algo romántico. Pero la vida no es una película. En realidad la chica no le gustaba tanto. La veía llegar todas las mañanas con el tiempo justo de dejar el coche aparcado en la explanada de la estación y subir a la carrera para tomar el tren de cercanías que la dejaba en el centro de la ciudad. Los veinte minutos que tardaba el convoy en completar su recorrido los dejaba transcurrir plácidamente observando cómo ella seguía cada día el mismo ritual. Abría un bolso de mano que llevaba sobre el regazo y depositaba en el asiento contiguo todo tipo de artilugios para maquillarse durante el trayecto. Primero se aplicaba cuidadosamente una capa base con un algodón. Certeramente y sin espejo se perfilaba los ojos con una fina línea negra. Finalmente daba color a sus labios con un pincel. Luego volvía a guardar todo en el bolso y de allí mismo sacaba un grueso libro y un paquetito de galletas de avena que iba mordisqueando mientras se sumergía en la lectura de las correrías de Lisbeth Salander. Él, aislado con sus auriculares, se limitaba a observarla desde varias filas de asientos más atrás mientras escuchaba una recopilación que había hecho con sus canciones favoritas de Belle & Sebastian. Sólo una vez apagó el MP3 y fingió que la música no le dejaba oir nada. Fue cuando ella se encontró con alguien conocido en el viaje, y así él pudo saber cómo era su voz sólo por una vez.

Al llegar a la estación ella bajaba delante y caminaba a toda prisa deslizándose entre la gente en dirección a la salida. Él no tenía tanta prisa y la dejaba marchar, sin curiosidad por saber a dónde se dirigía. Prefería imaginar que trabajaba en un bufete de abogados, tal vez en el despacho de algún notario, o quizá en una clínica privada. Él se tomaba un cortado en la misma estación y luego se dirigía a la librería en la que trabajaba hasta mediodía. Luego volvía a tomar el tren de vuelta, y al llegar comprobaba que el coche de ella seguía aparcado donde lo dejó. Así día tras día. Hasta que pensó que sería un detalle dejarle una nota anónima en el parabrisas del coche. Algo sencillo y discreto, como un amante secreto que la admirara en silencio desde la distancia. Se dejó llevar por la fascinación de la situación, por las posibilidades que ofrecía. Incluso le pareció divertido. ¿Qué mal podría hacerle a nadie? Tomó un bolígrafo de su mochila, y sobre el mismo billete de tren escribió: "Eres lo más bonito que he visto en mi vida". Dejó su mensaje sujeto con el limpiaparabrisas y se marchó felizmente calle abajo en dirección a su casa pensando qué se haría para comer.

Al día siguiente ella volvió a llegar a la estación minutos antes de que partiera el tren. Él la observó con atención, esperando encontrar algo diferente en ella. Algún tipo de reacción. Nada. Ni siquiera miró a su alrededor intentando descubrir a su anónimo admirador. Volvió a seguir el ritual de maquillaje. Volvió a sacar las galletas de avena y el grueso libro de intriga. Volvió a leer durante todo el camino y volvió a correr en dirección a la puerta de salida al llegar a la ciudad. Él no pensó en ella hasta que no regresó a la estación de donde partía cada mañana y volvió a ver el coche aparcado delante de él. De nuevo sacó el bolígrafo y esta vez escribió: "Cada vez que levantas los ojos de tu libro haces que el día se ilumine". Caminando con paso despreocupado regresó a su casa y se olvidó del tema hasta el día siguiente.

Al tercer día ella apareció inalterable, como si nada en su vida hubiese cambiado. Tal vez no había leido sus notas. Puede que no hubiera reparado en ellas. Quizá alguien las había quitado. Era posible incluso que se hubiesen caido y ella nunca hubiese llegado a verlas. Quiso adivinar algo diferente en la forma en que ella leía el libro, pero se dijo a sí mismo que no eran más que imaginaciones suyas y casi ni la volvió a mirar durante el resto del viaje. Tras su jornada de trabajo volvió al tren. Para cuando bajó en la estación había llegado a la conclusión de que lo que estaba haciendo no tenía sentido, de que era una tontería. Ni siquiera le estaba gustando. Pensó en dejar un tercer mensaje, pero tres días seguidos le pareció un tanto excesivo. Mejor dejarlo estar, era estúpido seguir con ese juego absurdo e infantil. Reticentemente se encaminó hacia su casa, con pasos lentos. Dudó un instante. Se paró. Miró hacia atrás. Venga, va, la última. No se le ocurría qué poner. Se quedó pensando unos segundos intentando recordar alguna frase de las canciones que le gustaban. Nada. Finalmente tomó el bolígrafo y escribió algo que le parecía casi risible, pero que como despedida no estaba mal: "Si sonrieras por un momento mi mundo temblaría". Qué chorrada. Dejó la nota sobre el parabrisas y en ese mismo momento un coche a unos metros encendió el motor.

Le sacudió el pánico. Alguien le había estado observando y no sabía quién era. Se dio la vuelta y comenzó a caminar por la calle. No quería acelerar el paso para no denotar nerviosismo, pero no podía dejar que el coche lo alcanzara. Cuando notó que se ponía en marcha tras de sí giró por la primera calle que encontró y salió corriendo a toda la velocidad que le permitían sus piernas, con el corazón palpitando por la desesperación y maldiciéndose a sí mismo. ¿Cómo podía haber sido tan idiota? Cuando no pudo más, paró. Le ardían los pulmones. Miró hacia atrás. No vio movimiento. Quería ir a su casa, pero no se atrevía. Ni siquiera quería seguir el camino habitual. Si aquel coche le encontraba podría averiguar dónde vivía. Quien quiera que fuera podría presentarse en su casa. El pensamiento lo asustó. Se dirigió hacia una avenida principal. Allí le sería más fácil pasar desapercibido. Relajó el pasó, caminó aparentando calma, apenas mirando a su alrededor temiendo volver a ver aquel coche. Desde el otro lado de la calle, lentamente, el coche pasó a su lado. Pudo distinguir una silueta mirándole insistentemente desde el interior. Él fijó la vista adelante y volvió a desviarse en la siguiente calle. De nuevo corrió presa del miedo, internándose por callejuelas que lo alejaban de su casa, lugares por donde aquel coche no pasaría. Describió el rodeo más grande que se le ocurrió para llegar hasta donde vivía, siempre con el temor de escuchar el sonido de un motor, atento a la gente con la que se cruzaba. Se sentó un instante en la acera para recobrar el aliento y la calma. Dios, ¿cómo podía pasarle eso a él? Qué tremenda estupidez, qué lío tan absurdo.

Dos horas más tarde llegó a su casa. Temblorosamente insertó la llave dentro de la cerradura, mirando de reojo en todas direcciones, sintiéndose observado. Corrió al balcón y estuvo allí un buen rato oteando y esperando ver aparecer el coche que lo había perseguido. Pasó el resto del día deprimido, ausente. La noche fue desesperante. Le dio mil vueltas a lo que había hecho, a todo lo que había pasado. Tenía que resolverlo. Temió que llegase la mañana y volver a la estación, pero también lo deseaba. Sin embargo, aquella mañana la chica no apareció. Esa vez sí estuvo todo el día pensando en ella. Cuando volvió a su casa, bajó del tren raudo e imperturbable, mirando al frente. Se encaminó de nuevo calle abajo con naturalidad, envuelto entre los otros pasajeros que se habían apeado con él, temiendo volver a sentir la presencia de aquel coche que le había perseguido. Le latían las sienes y bombeaba sangre en todas direcciones. Pero no pasó nada. ¿Qué habría pasado con la chica? ¿Por qué no habría ido esa mañana a la estación? ¿Dónde estaba su perseguidor?

Por fin al día siguiente ella volvió a aparecer a la hora habitual. Él no se atrevía a mirarla, sentado bastante más alejado de donde habitualmente se colocaba. Esperó a que acabara de maquillarse y se encaminó hacia donde ella estaba.
- Hola - le dijo sin más -. Yo soy quien te deja las notitas en el parabrisas.
- Oh - fue la única respuesta de ella.
A él le pareció que a ella se le habían hundido los hombros. Esperaba que dijera algo más. No supo si ver inquietud en sus ojos. Quería hablar con calma, quería superar sus temores y que ella no se asustara.
- Siento muchísimo si te he molestado o te he preocupado, no era mi intención - según hablaba iba bajando la voz y con ella los ojos, hasta situar su mirada en la punta de sus zapatos -. No volverá a pasar, no volverás a saber de mí. Ha sido una estupidez por mi parte que no se repetirá. Lo siento, lo siento de veras.
Y realmente lo sentía. Lo sentía por ella, pero lo sentía aún más por sí mismo. Por haberse metido en un embrollo así por su propia inconsciencia, sin realmente desearlo.
- No pasa nada - dijo ella al fin -. Es que mi madre se asustó... Hoy en día pasan cosas tan raras...
Él se dio cuenta entonces de todo lo que podría haber pasado, de lo irreflexivo que había sido.
- Yo... sólo quería hacer algo bonito, algo que me pareció romántico. Pero la vida no es una película.
- No - dijo ella.
El tren paró en una estación y él se bajó precipitadamente, musitando una despedida. No era su parada, pero necesitaba salir de allí. Trastabilló con ojos turbios hacia la fresca brisa del exterior. Le habría parecido una bendición si no fuera porque estaba pugnando por tragarse las lágrimas.

7 Comentarios:

Jero dijo...

Me ha gustado mucho esta entrada. Debe ser porque soy uno de esos incurables enamoradizos que cada vez que sube al metro vive un pequeño romance imaginario con una desconocida diferente...

Manolo Leone dijo...

Quizás si...quizás no. Todo puede ser en este mundo de cambios y sorpresas. TU has puesto un trozo de carne en el asador.....y poco a poco hemos visto como se iba churrascando al no sacarla a tiempo. Pero....¿quien puede decirme que con un par de vueltas todo habria sido diferente?. A mi me gustan los finales románticos , felices, esperados que todos esperan. Quizás soy un romaántico existencial o quizás no tengo remedio amigo mio!!!!

Nemo Nadir dijo...

A mí también me gustan ese tipo de finales, Manolo, pero esos solamente se dan en las películas, no en la vida real. Y es que la vida... eh... huh... no es una película.

Raquel dijo...

Llevo bastante tiempo leyendo tu blog en silencio pero hoy tengo la necesidad de decirte que esta historia me ha encantado. ;P

Nemo Nadir dijo...

Me abruma usted, señorita.

David dijo...

Ah! Entonces Jero es como el personaje de Aventura amorosa en el metro, estupenda historia de Eisner al que me ha recordado el inicio de este relato que luego va (afortunadamente) por otros derroteros.
¿Aceptas estupendo?
Saludito.

Yourcenar dijo...

Pues no se pero a mi me recuerda a la pelicula enamorarse pero a la española.