lunes, 10 de mayo de 2010

El Hombre que Susurraba a los Caballos

Ni siquiera sé si El Hombre que Susurraba a los Caballos es una buena película. Tampoco me importa. No puedo verla así. Es cierto que tiene muchos elementos para que me guste. Actúa Scarlett Johansson, aunque está hecha una niña (qué demonios, todavía lo es, quítenle todo el maquillaje con que la disfrazan y verán la carita que se le queda debajo). La protagoniza la elegantísima Kristin Scott Thomas, que haga lo que haga e interprete el papel que interprete, siempre está arrebatadora, más aún con el rostro tan limpio que luce en este film. E incluye grandes canciones de country-rock, incluyendo una de Steve Earle, uno de mis músicos favoritos y que últimamente está apareciendo bastante por este blog. Será cosa de ir pensando en dedicarle una entrada comme il faut. Pero no es eso lo que me fascina de esta película. No es su regularcillo argumento, ni su desarrollo un tanto a salto de mata, ni sus sólidas interpretaciones. No es ni siquiera, para un nenaza confeso como yo, la historia de amor que se desarrolla de fondo. No. Lo que hace que para mí esta película funcione es una sola secuencia, un único momento. No soy amigo de colgar vídeos, pero estoy seguro de que si rebuscan un poco en YouTube serán capaces de encontrarla si les interesa. Déjenme que les cuente.

Kristin Scott Thomas es una ocupadísima directora de una importante revista neoyorkina, con un matrimonio algo frío. Scarlett Johansson es su hija. Un día, mientras practica equitación con una amiga, sufren un terrible accidente. Son arrolladas por un camión, y su amiga y el caballo que monta mueren. Ella pierde una pierna y su caballo queda física y psicológicamente destrozado. Entonces aparece Robert Redford, una especie de Cocodrilo Dundee de Montana que entrena equinos y "ayuda a los caballos que tienen problemas con las personas". Y allá que se van madre e hija, a dirimir sus diferencias y a que Redford vuelva a recomponer al cuadrúpedo en un rancho de ganado en mitad de las montañas. Con no poco esfuerzo consiguen que el hombre se ocupe del torturado caballo y de la amargada niña herida. Y de la madre. El amor surge inevitable entre la ejecutiva agresiva de ciudad y el rudo vaquero imperturbable. No sucede nada entre ellos, apenas llegan a tocarse, jamás se dicen una palabra romántica. Pero lenta e inexorablemente se van enamorando el uno del otro. Sólo un beso hasta que el marido que se quedó trabajando en la ciudad asoma inesperadamente por el rancho para ver cómo se encuentra su familia.

Los vecinos se reúnen para una fiesta en la que se da el típico baile rural en el granero. Redford y Scott Thomas bailan un lento ante la mirada ausente del marido. Los ojos de los enamorados lo dicen todo mientras rehúsan enfrentarse abiertamente y se mantienen a una casta distancia. La tensión es palpablemente dolorosa con la conciencia de un amor imposible y desesperanzado, un amor arrasador como un vendaval que tienen que reprimir. Bailan sin mediar palabra mientras ocultan sus sentimientos desgarrados, divididos entre lo que sienten y la desesperación que les produce no querer herir a nadie, sin el valor necesario para romper con todo. Sus rostros y sus manos muestran una mezcla de angustia y consuelo. Los dedos de él rozan la camisa en la espalda de ella, las manos de ella se posan sobre el pecho de él. Se estrechan casi con crispación, entre la tremenda agonía y el hondo amor de un abrazo sin palabras. Y finalmente, el jirón interior de dos corazones sangrando por la impotencia, hasta que lentamente se separan y cada uno vuelve a su rincón. Tal vez ustedes piensen que El Hombre que Susurraba a los Caballos, como esta reseña, sea ñoña, excesivamente larga y un latazo. Tal vez sea cierto. Pero contiene mi secuencia más romántica y casi diría sensual del cine. Yo cada vez que la veo me fundo como si fuera de mantequilla.

7 Comentarios:

Mikel dijo...

Qué gran película!

David dijo...

Pues eeeeh!
A mí esta película me gusta mucho pero por motivos totalmente distintos (ja,ja).
La historia de amor en realidad me sobra. No me interesa.
Pero estoy enamorado del personaje de Scarlett (y no en ese sentido, que no me van las niñas, ni soy pederasta). Pero su personaje de la cría que ha perdido a su mejor amiga y la pierna, y que demuestra perfectamente la rabia, la impotencia, la apatía que siente ante ante la vida y cómo paga esa frustración con los que le rodean (especialmente su madre)... y cómo también poco a poco va reencontrándose a sí misma y aceptando su condición... es algo que me gusta mucho. No sé.
Durante mucho tiempo, después de ver la peli anduve dándole vueltas a crear un personaje parecido. La verdad es que me encantan los personajes cojos-pero totalmente capaces y bien desarrollados (Long John Silver, el trapecista encarnado por Burt Lancaster en Trapecio, el de Scarlett en esta película... ¿raro, no?
Así que aunque es bonito (pero ñoño) todo lo que comentas, ya te digo que me gusta esta peli por otros motivos.
Esas pasiones no resueltas las he visto en otras películas que además me gustaron más.
Un saludito.

Nemo Nadir dijo...

Anda, sangre de horchata, busca el vídeo en YouTube y luego me lo cuentas. Y ten un amor prohibido en secreto de paso.

David dijo...

Que ya vi la película. Pero bueno, o me la pongo luego o busco el vídeo...
Amor prohibido en secreto. Me bastaría con amor sin prohibiciones sin secretos (ja,ja)

paprika dijo...

Es una película preciosa,
cuando leí el libro ya sabia quien la iba a interpretar en el cine,
y eso me permitió ponerles cara a los personajes,
la película me encanto,
era imposible que fuese de otra manera con tan excelentes actores,
ah!l´amour!

Jesús Duce dijo...

Yo también sufro del mismo mal. Soy un romántico empedernido y me encantan las escenas románticas que están bien planteadas y bien interpretadas. Y esta es una de ellas, desde luego. La pelicula me gustó bastante y la encuentro en la línea de otras que ha dirigido Redford, un actor-director que siempre he admirado.

Hay una escena (entre tantas otras) que me viene ahora a las mientes. Estamos en "Gigante", una largísima pero gran película. Hadson está mirando durante varios minutos a la Taylor sin que ésta se dé cuenta. Su mirada es tan apasionada y profunda que finalmente Elisabeth la percibe. Siente como una irresistible fuerza a su espalda que le hace girarse y mirar. El cruce de miradas y posterior encuentro de la pareja es de una potencia amorosa indescriptible.
No hay nada tan hermoso como el amor.

Un abrazo.

Anónimo dijo...

Me encanta esta peli y me encanta Redford.Es un gran actor y además muy atractivo. La escena del baile me parece una de las más eróticas que he visto en el cine. Los roces, las miradas, las manos, las piernas... Cuánto se puede decir sin hablar!