lunes, 15 de marzo de 2010

No es nada, sólo me he cansado de vivir

Cada amanecer le costaba más levantarse. Día tras día tenía que buscar dentro de sí un motivo para salir de la cama y enfrentarse al mundo. Para ir al trabajo. Su trabajo. Un trabajo que le humillaba y le hacía sentirse asqueado. En el que cada segundo que pasaba era una tortura. Cuando era niño todo el mundo esperaba grandes cosas de él, pero siempre se sintió perdido, sin saber qué hacer con todo lo que le bullía dentro de la cabeza. Y tras tantos años de preguntarse adónde iría a parar, ahora se encontraba haciendo un trabajo que podría hacer un mono amaestrado. Un trabajo por el que cobraba un sueldo que más bien parecía una limosna. En un sitio rodeado de gente que ni quería conocer ni soportaba. Gente a la que no hubiera mirado a la cara fuera de allí. Se sentía furioso, resentido, frustrado. Y tan cansado...

Cada vez con mayor frecuencia se envolvía en las sábanas y musitaba una excusa hasta que la mujer acudía a sacudirle el miedo y la angustia con un café en la mano. La mujer. Su mujer. La conoció cuando apenas eran unos chiquillos y se enamoró inmediatamente de ella. Se enamoró de su figura menuda, de su forma de caminar pizpireta, de esa alegría que parecía desbordarle en cada gesto que hacía. Se casaron en seguida. Casi para salir huyendo de su casa. Casi como si fuera la única oportunidad de encontrar una vía de escape, de empezar de nuevo una vida que tal vez, esta vez, sí podría ser su vida. Treinta años después ya no quedaba nada de aquella figura menuda. La alegría se había desvanecido para dar paso a un gesto adusto, casi de reproche. Sabía que la había decepcionado, que ella ya no veía en él a aquel joven soñador y casi heróico que pensaba que había sido. Sentía que hacía mucho tiempo que ella no veía en él un hombre, que su vida sólo consistía en vegetar juntos esperando la vejez.

Habían tenido tres hijos. Dos niños y una niña. Tres hijos. Sus hijos. Lo único bueno que sabía que había hecho. Mientras los gemelos fueron pequeños rellenaron su alma como una fuente de consuelo. Fueron su felicidad. Disfrutaba revolcándose con ellos, dándoles el baño, cortándoles las uñas, correteando tras ellos por el parque. Le gustaba mirarlos y buscar en sus rostros un reflejo diminuto de lo que él había sido, confiar en que no repetirían sus errores, proyectar en ellos sus anhelos. Intentaba no cometer con sus hijos las mismas equivocaciones que habían cometido con él sus padres. Pero los niños crecieron con demasiada prisa, como si les urgiera convertirse en hombres. Su padre ya no era ese ser protector en el que refugiarse, el gigante que lo llenaba todo con su sola presencia. Ahora sólo era un pobre tipo derrotado que se quedaba sentado en un sillón mientras ellos se marchaban con sus amigos. La niña llegó más tarde y apenas la conocía. Casi le parecía una extraña cuando la veía ponerse la minifalda y maquillarse para salir. Ya no los reconocía y ellos no parecían querer conocerle.

Era un hombre débil. Últimamente visitaba con mayor frecuencia el cementerio. Allí estaban enterrados sus padres, los dos en el mismo nicho. Sus padres. Le gustaba ir allí, le hacía sentirse cómodo y en paz. Se sentaba en el suelo, con la espalda apoyada contra el muro, y mantenía largas convesaciones con ellos. Les preguntaba dónde estaban, si se encontraban bien. Nunca se sintió feliz mientras vivió con ellos, nunca se sintió querido. Y sin embargo ahora los encontraba más cercanos. Tal vez porque ya podía hablar con ellos sin discutir. Su padre siempre había parecido enfadado con él, como si se sintiera decepcionado porque no era lo que había esperado. Era un chiquillo delgaducho y enfermizo que muchas veces se perdía en un mundo de fantasía. No tenía fuerza para enfrentarse a los demás, no tenía energía para encarar la vida. Su madre nunca había sido una mujer cariñosa. Sabía que lo quería, pero no se sentía querido. No lo querían como quería que lo quisieran. Pero él sí los quería. En el cementerio podía decírselo ahora sin avergonzarse por ello. A veces lloraba. No sabía si por pena o por satisfacción.

Esa mañana desayunó coñac. No bebía, no soportaba el alcohol, siempre le había sentado mal, ni siquiera le gustaba. Cuando superó las arcadas siguió bebiendo directamente de la botella. Mientras se desnudaba para meterse en la ducha el líquido bajaba ardiendo por su laringe y caía en su estómago como un puñetazo de fuego. Por primera vez en muchos años se peinó y se puso un traje. Mecánicamente recordó cómo hacerse el nudo de la corbata. Mientras apuraba la botella escribió una nota breve, con letra diminuta como un sendero de hormiguitas, en un papel tan blanco que le pareció que le cegaba. La dobló cuidadosamente con su habitual pulcritud y la dejó sobre la mesilla de noche. Salió a caminar reconociendo la sensación de dar un paseo. Parecía extrañamente calmado, como si se sumergiera en un baño caliente. A veces creía sentir que en las comisuras de sus labios se intuía una leve sonrisa. Llegó hasta la estación del metro y bajó las escaleras con parsimonia, mirando a su alrededor complacido con lo que veía.

Esperando en el andén, rodeado de desconocidos, echó un vistazo a la pantalla que anunciaba la llegada del próximo tren. Dos minutos. Se asomó al túnel y a lo lejos vió la luz de la máquina que se aproximaba a toda velocidad. La placidez dejó paso a su corazón golpeándole dentro del pecho como si quisiese abrir una puerta por la que salir a gritar. Un corazón tomando al asalto la fortaleza de su pecho, abriendo un boquete con el ariete de su ansiedad. Los vagones chirriaron en la última curva y enfilaron la entrada en la estación. Podía escuchar con toda claridad el creciente traqueteo del convoy. Volvió a mirar dentro del túnel. Las luces se iban acercando, agrandando. De un salto se plantó en mitad de la vía. Alguien gritó lo que le pareció una incoherencia. Corrió hacia la luz.

7 Comentarios:

Juan "Manhattan" dijo...

Buffff! Tremendo texto.
T-R-E-M-E-N-D-O

Anónimo dijo...

Conmovedora historia que araña el alma de todos los que hemos tenido cerca alguna persona que se ha suicidado. Acaba de publicarse un estudio, que situa al suicidio como la primera causa de muerte no natural. Un dato que nos debe hacer reflexionar. ¿Qué estamos haciendo mal?¿Qué sociedad estamos creando que lleva a la gente a la autodestrucción?

Mar dijo...

qué tristeza...¿habrá mucha gente así? a veces vamos tan deprisa por la vida, que no reparamos en los que tenemos cerca, y puedan estar pasándolo así de mal...
Aunque está claro que era débil, le faltaba coraje de vivir, pero en última instancia quizás consiguió que se acordaran de él. RIP

David dijo...

La segunda vez que lo leo. Lo cierto es que está muy bien. Tremendo me parece una calificación acertada.
Un saludo

Nemo Nadir dijo...

Gracias a todos. Sólo quiero recordar que se trata de un relato de ficción. Ni me he suicidado ni entra en mis planes más inmediatos.

Angux dijo...

Fabulos relato.
Para mi desgracia me he sentido identificado con casi la totalidad de los textos que hablan del trabajo...
Por suerte, no en lo demás :)

Un saludo.

Chemari dijo...

Nemo, eres bueno!!
Cuando tengas lo que te ha pedido esa empresa grande que me comentaste durante la cena de los compis de colegio, ya dirás la forma de echarle una ojeadita.
Un abrazo
Jose María Vives