Hace ya rato que se retuerce en el sofá. Esa misma tarde había querido ir al cine en recuerdo del día en que se conocieron, pero él le había dicho que era una locura en su estado y se había negado. Durante la última semana ha estado hiperactiva. Le ha dado por pasar el aspirador a toda la casa, limpiar los azulejos del baño, pintar las ventanas del estudio... Y él no se lo ha impedido. No puede hacerlo. Tampoco piensa que sea quién. La mira ahí, aferrada a esa barriga redonda y perfecta mientras frota las rodillas una contra la otra, y recuerda a la chiquilla que conoció a las puertas del Metropol, a la salida de Mystic River. Se había quedado mirándola embobado, y sin darse cuenta había seguido sus pasos hasta la parada del autobús. Le pareció tímida y un poco triste, pero cuando subió al 29 detrás de ella y le recibió con aquella sonrisa dulce e infinita, perdió el corazón y la cabeza para siempre.
Es una barriga brillante, tersa. Una barriga independiente de su cuerpo, que cuando se sientan a comer desaparece debajo de la mesa y da la impresión de que jamás hubiera estado ahí. Él solía mirar por debajo del mantel para cerciorarse de que la barriga todavía continuaba en su sitio. Y luego volvía a asomarse por encima sin ser capaz de asociarla al rostro sereno de ella, que le miraba entre perpleja y divertida. Todos los domingos bailaba con aquella barriga. Le ponía Rocks de Primal Scream y la balanceaba suavemente a un lado y al otro, "Get your rocks off, honey / Shake it now now now...", mientras notaba a través de los músculos cada vez más finos la forma de un pequeño cuerpo humano que se iba desarrollando acurrucado dentro del vientre. Lo acariciaba como a un pequeño conejito. Esto es la espalda. Esto es un pie.
Sentado frente a ella espera el momento con calma. Rebusca entre los CD's y pone algo de música. La voz profunda de Tim Hardin cantando Reason to Believe se extiende cálidamente por la habitación. Ella intenta hojear una revista. Él la mira de reojo. Al cabo de tres años ambos habian sentido la necesidad de tener un hijo juntos. Por nada concreto. No había una razón explicable de forma lógica. Tal vez era una forma de llevar su amor más allá de manera tangible, de tener algo que fuera exclusivamente suyo y de nadie más. Algo que sólo ellos pudieran hacer y que fuera parte de sí mismos. Y había sido por amor y con amor. Recordaban el momento en que lo habían decidido, cómo hicieron cálculos para que naciera en el momento adecuado, y cómo mandaron todo al cuerno cuando pensaron que ya no querían esperar más. Creían saber el momento concreto en que habían engendrado a su bebé, qué día había sido, la música que sonaba de fondo, su postura atravesados en la cama, las tonterías que hicieron después, sabedores de lo que acababa de pasar. Eso siempre les hacía sonreir.
Aquella época había sido la más feliz de su vida. Se sentían llenos y en paz. Él pegaba el oído al vientre de ella esperando volver a oir aquel corazón que durante la ecografía había escuchado por primera vez como un caballo desbocado galopando a toda velocidad. Aquel sonido que le hizo abrir la boca en un gesto de pasmo, aquella silueta recortada en la pantalla parecía mirarle y saludar. "Esta es tu hija", le había dicho la doctora. Y él había sentido que muchas de las cosas que creía saber como inmutables, le acababan de cambiar de golpe. Una niña. No podía ser más adecuado. Le hacía gracia vivir en un matriarcado con su hija, su pareja, la hermana de su pareja, la madre de su pareja. Era tan diferente después de haber vivido con su padre y sus tres hermanos, siempre echando de menos a una madre que se había ido tan pronto, demasiado pronto.
Deberían irse a la cama. Ella le dirige un suave gruñido. Él sabe lo que le quiere decir. Durante todo el embarazo su deseo sexual ha ido creciendo cada vez más. Como si se sintiese una mujer nueva y libre, totalmente poderosa y plena. Al principio él se lo tomaba a risa, pero los últimos días ha empezado a asustarse y ella le ha estado tomando el pelo por mojigato. Cuando se acuestan ella rebota en el colchón y se vuelve a levantar. Ya no está cómoda así. De nada valen los masajes con los que él antes le alejaba el ardor de estómago y tranquilizaba a la niña. Un cuerpecito pataleante dentro de aquel vientre, que se sentía incómodo cuando caía sobre la columna vertebral de su madre e intentaba recolocarse. Las caricias de él parecían funcionar. O al menos eso le gustaba creer. Se sentía útil, participativo. Admiraba sobremanera la forma en que ella aguantaba todos aquellos engorros, el valor con el que afrontaba el momento del parto. "Si fuera por los hombres", le había dicho, "la raza humana se hubiese extinguido hace mucho".
Ella se queda mirando la tele. Él intenta descansar. A las tres horas ella le despierta. Acaba de soltar el tapón mucoso y tiene contracciones cada cinco minutos. Mientras él telefonea pidiendo un taxi ella se ducha y se prepara la maletita. "La maletita". Casi se reiría pensando en el término, pero sigue sobrecogido por la calma de ella, la forma en que puede pensar en arreglarse para ir al hospital cuando está apunto de dar a luz. Maldita sea, olvidaron fotografiar la barriga. Ella se levanta el vestido pre-mamá y él le hace una foto en la puerta de la calle justo antes de que llegue el taxi. La barriga reluce a la luz de las farolas. En el hospital, la recepción está desierta. Ella da sus datos a través de una ventanilla y él sólo acierta a seguirla como ha hecho desde la primera vez que la vio. No deja de mirarla lleno de dulzura mientras ella está tumbada rodeada por unas correas que miden las contracciones. Aguanta el dolor con ojos apretados, para luego mirarle con ellos muy abiertos. Él espera a que sea una hora no muy temprana y llama a las hermanas de ella.
"Nos la llevamos a dilatación, ya le avisaremos", le dice una enfermera. "Entonces, ¿vamos de parto?", intenta bromear él, "Ya que estamos aquí no me gustaría tener que volverme como tantos otros para regresar mañana". Pero nadie le escucha. En realidad sí que piensa que no quiere volver a pasar por eso. Desea que acabe ya todo de una vez. La sala de espera se va llenando mientras pasan las horas. Él también tendría que haberse duchado y hacer una "maletita". Esa no es forma de recibir a una hija. Rebusca en su mochila sin saber qué quiere encontrar. Cuando por fin le llaman, lo hacen con premura. Entra en el paritorio desconcertado, sin saber a dónde mirar, qué hacer, dónde ponerse. La coge de la mano. "Si hay algo que pueda hacer...", empieza a decir, pero ella le susurra con la respiración entrecortada que simplemente se quede ahí. "Esta es tu hija", le dicen por segunda vez. Y entre el paréntesis que forman los labios de la vulva dilatada puede ver el inicio de una pequeña cabeza que asoma.
"¿Puedo empujar?" pregunta ella. Aún no. La niña no está bien colocada. La comadrona le introduce una larga aguja en el perineo e inyecta algo. Luego coge un pliegue de carne con unas pinzas y con unas tijeras realiza con limpieza escalofriante un tajo que a él le parece abismal. Ella empuja dos veces y la niña salta a las manos de la comadrona. "Las doce y diez", dice una voz. "Dos kilos setecientos cincuenta", dice otra. Una enfermera da a la niña un ligerzo azote. "Llora", le dice. Le da otro golpecito. "Llora más". La envuelve en una mantita y la coloca boca abajo al abrigo de una lámpara de infrarrojos. Ausente a todo lo que no sea la niña, él la observa de cerca con expresión perdida, como vacío de toda emoción. La niña le devuelve la mirada con ojos brumosos, iniciando un ritual de conocimiento. Levanta la cabecita, pero el peso hace que se le derrumbe sobre la nariz. Él, por primera vez, toca a su hija para girarle delicadamente el rostro y colocarla de lado. La niña insiste y le vuelve a mirar. De nuevo el peso hace que se le caiga la cabeza. Él la gira de nuevo.
Una enfermera coge a la niña y la coloca sobre el pecho de la madre, que llora suave y mansamente. Él las mira ahí, la una junto a la otra, y se da cuenta de que se le acaba de venir abajo todo lo que había esperado. Creía que se encontraría con una réplica de sí mismo en femenino y en pequeñito. Alguien a quien proteger y cuidar, con quien no repetir los errores que cometió su padre con él, y a quien evitar todas las trampas en las que él ha caido. Pero no. Ese ser que vuelve a intentar mirarle no es nada suyo. No le pertenece. No es parte de él. Es una persona en sí misma, con su vida y con su historia. Con su derecho a elegir su camino y a equivocarse. No es él y nunca lo será. Es dueña de sí misma y vivirá su propia vida. En ese instante se le revela que ha creado un ser vivo y ahora tiene que dejarle crecer hasta ser ella misma, independiente de él. Y siente como si le hubieran desgajado un jirón del pecho. Y se maravilla de la extraña sensación que le puede producir algo que, de pronto, parece tan próximo a él y a la vez sabe que es tan lejano. Algo tan querido y tan necesitado sobre lo que no puede reclamar posesión alguna. Una vida, no su vida.
Un enfermero se lleva la camilla con la madre. Otra enfermera coloca a la niña sobre una cunita con ruedas mientras la comadrona examina la placenta. Madre e hija salen del paritorio. Él las sigue como sonámbulo, anestesiado del bullicio que hay a su alrededor. Ellas ni siquiera son conscientes de que sigue ahí. Salen del ascensor, y caminan varios metros por el pasillo hasta que el camillero entra con la madre en una habitación. La enfermera sigue adelante con la cuna de la niña. Durante lo que dura un parpadeo, él duda sobre por dónde ir. En ese momento, y para siempre, toma su decisión. Sigue a la niña.
Es una barriga brillante, tersa. Una barriga independiente de su cuerpo, que cuando se sientan a comer desaparece debajo de la mesa y da la impresión de que jamás hubiera estado ahí. Él solía mirar por debajo del mantel para cerciorarse de que la barriga todavía continuaba en su sitio. Y luego volvía a asomarse por encima sin ser capaz de asociarla al rostro sereno de ella, que le miraba entre perpleja y divertida. Todos los domingos bailaba con aquella barriga. Le ponía Rocks de Primal Scream y la balanceaba suavemente a un lado y al otro, "Get your rocks off, honey / Shake it now now now...", mientras notaba a través de los músculos cada vez más finos la forma de un pequeño cuerpo humano que se iba desarrollando acurrucado dentro del vientre. Lo acariciaba como a un pequeño conejito. Esto es la espalda. Esto es un pie.
Sentado frente a ella espera el momento con calma. Rebusca entre los CD's y pone algo de música. La voz profunda de Tim Hardin cantando Reason to Believe se extiende cálidamente por la habitación. Ella intenta hojear una revista. Él la mira de reojo. Al cabo de tres años ambos habian sentido la necesidad de tener un hijo juntos. Por nada concreto. No había una razón explicable de forma lógica. Tal vez era una forma de llevar su amor más allá de manera tangible, de tener algo que fuera exclusivamente suyo y de nadie más. Algo que sólo ellos pudieran hacer y que fuera parte de sí mismos. Y había sido por amor y con amor. Recordaban el momento en que lo habían decidido, cómo hicieron cálculos para que naciera en el momento adecuado, y cómo mandaron todo al cuerno cuando pensaron que ya no querían esperar más. Creían saber el momento concreto en que habían engendrado a su bebé, qué día había sido, la música que sonaba de fondo, su postura atravesados en la cama, las tonterías que hicieron después, sabedores de lo que acababa de pasar. Eso siempre les hacía sonreir.
Aquella época había sido la más feliz de su vida. Se sentían llenos y en paz. Él pegaba el oído al vientre de ella esperando volver a oir aquel corazón que durante la ecografía había escuchado por primera vez como un caballo desbocado galopando a toda velocidad. Aquel sonido que le hizo abrir la boca en un gesto de pasmo, aquella silueta recortada en la pantalla parecía mirarle y saludar. "Esta es tu hija", le había dicho la doctora. Y él había sentido que muchas de las cosas que creía saber como inmutables, le acababan de cambiar de golpe. Una niña. No podía ser más adecuado. Le hacía gracia vivir en un matriarcado con su hija, su pareja, la hermana de su pareja, la madre de su pareja. Era tan diferente después de haber vivido con su padre y sus tres hermanos, siempre echando de menos a una madre que se había ido tan pronto, demasiado pronto.
Deberían irse a la cama. Ella le dirige un suave gruñido. Él sabe lo que le quiere decir. Durante todo el embarazo su deseo sexual ha ido creciendo cada vez más. Como si se sintiese una mujer nueva y libre, totalmente poderosa y plena. Al principio él se lo tomaba a risa, pero los últimos días ha empezado a asustarse y ella le ha estado tomando el pelo por mojigato. Cuando se acuestan ella rebota en el colchón y se vuelve a levantar. Ya no está cómoda así. De nada valen los masajes con los que él antes le alejaba el ardor de estómago y tranquilizaba a la niña. Un cuerpecito pataleante dentro de aquel vientre, que se sentía incómodo cuando caía sobre la columna vertebral de su madre e intentaba recolocarse. Las caricias de él parecían funcionar. O al menos eso le gustaba creer. Se sentía útil, participativo. Admiraba sobremanera la forma en que ella aguantaba todos aquellos engorros, el valor con el que afrontaba el momento del parto. "Si fuera por los hombres", le había dicho, "la raza humana se hubiese extinguido hace mucho".
Ella se queda mirando la tele. Él intenta descansar. A las tres horas ella le despierta. Acaba de soltar el tapón mucoso y tiene contracciones cada cinco minutos. Mientras él telefonea pidiendo un taxi ella se ducha y se prepara la maletita. "La maletita". Casi se reiría pensando en el término, pero sigue sobrecogido por la calma de ella, la forma en que puede pensar en arreglarse para ir al hospital cuando está apunto de dar a luz. Maldita sea, olvidaron fotografiar la barriga. Ella se levanta el vestido pre-mamá y él le hace una foto en la puerta de la calle justo antes de que llegue el taxi. La barriga reluce a la luz de las farolas. En el hospital, la recepción está desierta. Ella da sus datos a través de una ventanilla y él sólo acierta a seguirla como ha hecho desde la primera vez que la vio. No deja de mirarla lleno de dulzura mientras ella está tumbada rodeada por unas correas que miden las contracciones. Aguanta el dolor con ojos apretados, para luego mirarle con ellos muy abiertos. Él espera a que sea una hora no muy temprana y llama a las hermanas de ella.
"Nos la llevamos a dilatación, ya le avisaremos", le dice una enfermera. "Entonces, ¿vamos de parto?", intenta bromear él, "Ya que estamos aquí no me gustaría tener que volverme como tantos otros para regresar mañana". Pero nadie le escucha. En realidad sí que piensa que no quiere volver a pasar por eso. Desea que acabe ya todo de una vez. La sala de espera se va llenando mientras pasan las horas. Él también tendría que haberse duchado y hacer una "maletita". Esa no es forma de recibir a una hija. Rebusca en su mochila sin saber qué quiere encontrar. Cuando por fin le llaman, lo hacen con premura. Entra en el paritorio desconcertado, sin saber a dónde mirar, qué hacer, dónde ponerse. La coge de la mano. "Si hay algo que pueda hacer...", empieza a decir, pero ella le susurra con la respiración entrecortada que simplemente se quede ahí. "Esta es tu hija", le dicen por segunda vez. Y entre el paréntesis que forman los labios de la vulva dilatada puede ver el inicio de una pequeña cabeza que asoma.
"¿Puedo empujar?" pregunta ella. Aún no. La niña no está bien colocada. La comadrona le introduce una larga aguja en el perineo e inyecta algo. Luego coge un pliegue de carne con unas pinzas y con unas tijeras realiza con limpieza escalofriante un tajo que a él le parece abismal. Ella empuja dos veces y la niña salta a las manos de la comadrona. "Las doce y diez", dice una voz. "Dos kilos setecientos cincuenta", dice otra. Una enfermera da a la niña un ligerzo azote. "Llora", le dice. Le da otro golpecito. "Llora más". La envuelve en una mantita y la coloca boca abajo al abrigo de una lámpara de infrarrojos. Ausente a todo lo que no sea la niña, él la observa de cerca con expresión perdida, como vacío de toda emoción. La niña le devuelve la mirada con ojos brumosos, iniciando un ritual de conocimiento. Levanta la cabecita, pero el peso hace que se le derrumbe sobre la nariz. Él, por primera vez, toca a su hija para girarle delicadamente el rostro y colocarla de lado. La niña insiste y le vuelve a mirar. De nuevo el peso hace que se le caiga la cabeza. Él la gira de nuevo.
Una enfermera coge a la niña y la coloca sobre el pecho de la madre, que llora suave y mansamente. Él las mira ahí, la una junto a la otra, y se da cuenta de que se le acaba de venir abajo todo lo que había esperado. Creía que se encontraría con una réplica de sí mismo en femenino y en pequeñito. Alguien a quien proteger y cuidar, con quien no repetir los errores que cometió su padre con él, y a quien evitar todas las trampas en las que él ha caido. Pero no. Ese ser que vuelve a intentar mirarle no es nada suyo. No le pertenece. No es parte de él. Es una persona en sí misma, con su vida y con su historia. Con su derecho a elegir su camino y a equivocarse. No es él y nunca lo será. Es dueña de sí misma y vivirá su propia vida. En ese instante se le revela que ha creado un ser vivo y ahora tiene que dejarle crecer hasta ser ella misma, independiente de él. Y siente como si le hubieran desgajado un jirón del pecho. Y se maravilla de la extraña sensación que le puede producir algo que, de pronto, parece tan próximo a él y a la vez sabe que es tan lejano. Algo tan querido y tan necesitado sobre lo que no puede reclamar posesión alguna. Una vida, no su vida.
Un enfermero se lleva la camilla con la madre. Otra enfermera coloca a la niña sobre una cunita con ruedas mientras la comadrona examina la placenta. Madre e hija salen del paritorio. Él las sigue como sonámbulo, anestesiado del bullicio que hay a su alrededor. Ellas ni siquiera son conscientes de que sigue ahí. Salen del ascensor, y caminan varios metros por el pasillo hasta que el camillero entra con la madre en una habitación. La enfermera sigue adelante con la cuna de la niña. Durante lo que dura un parpadeo, él duda sobre por dónde ir. En ese momento, y para siempre, toma su decisión. Sigue a la niña.
4 Comentarios:
Muy buen relato.
¿Tienes hijos? Pareces conocer la sensación de estar en una sala de paritorio. También aciertas en la descripción de esa extraña sensación entre la alegría y el vacio que se le queda a uno tras tener a su criatura entre los brazos por primera vez.
Como siempre, tienes algo en la forma de escribir que cautiva y asusta al mismo tiempo.
Enhorabuena.
Sólo pretendía escribir un relato menos amargo de lo habitual, pero, como has sabido notar, con su pequeño reverso oscuro. Nos vemos en un rato.
No sé cómo pude perderme este post. Qué gran decisión.
¿Y qué hace usted rebuscando entre las reliquias?
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