Los vecinos les habían dicho que aquella casa estaba maldita. Que eran la cuarta pareja que habitaba aquellas paredes. Que nadie había vivido allí más de dos años. Y ellos se reían de esas tontas habladurías. Decían que ellos romperían esa maldición. Les parecía tan gracioso que les hubieran acogido con esa bienvenida. En aquellos días se sentían revivir, tan jóvenes y llenos de alegría. Ella había encontrado aquel espléndido dúplex en apenas unas semanas de búsqueda. Estaban hartos del cuchitril que tenían alquilado en la ciudad, se ahogaban en aquellos escasos 50 metros, sin sitio para sus libros, para su vida. Querían tener niños y aquel no era lugar para criarlos. Aspiraban a algo más, a un sitio que pudieran llamar hogar. Así que cada fin de semana ella cogía el coche y se iba a recorrer los pueblos de los alrededores buscando esa casa ideal en la que echar raíces y sentirse parte de algo. Y él la dejaba hacer porque sabía que a ella eso le gustaba, que disfrutaba y la hacía sentir bien. Nunca confió en que encontrase algo repentino. Ella podría desfogar así su ansia y él obtendría unos meses más de paz. Pero al poco ella llegó con una expresión radiante en sus mejillas y dando cortos y tímidos pasitos de niña. "Tienes que verla", le dijo. Y él, claro, que la quería tanto y que hubiera hecho cualquier cosa por verla feliz, fue a verla. Cuando la agente de la inmobiliaria abrió la puerta le pareció que se abrían los portones de Disneylandia. Los rayos de luz iluminaron su rostro y la habitación se expandió ante él como un recinto enorme e invitante que le acogía como si fuese su hábitat natural. Miró embobado hacia los techos, recorrió los ventanales, y ella, a su lado, le sonreía con los ojos y le decía: "¿Lo ves? Te dije que tenías que verla" Y él sólo asentía con la cabeza. Quiso decir: "Vamos a por ella", pero le falló la voz.
Ellá se encargó de todos los trámites con el banco, de los papeleos, de pelearse el crédito, de dar de alta los servicios básicos. Él tuvo un ataque de pánico el día de ir a firmar la hipoteca. De pronto sintió que ese sería su futuro para siempre, que estaba dando un paso más allá de lo que estaba previsto. Se estaba comprometiendo para el resto de su vida. Y no supo si era eso lo que quería, si estaba dispuesto a que cada día que pasase transcurriese en esa espiral. Se sintió perder el equilibrio y necesitó salir corriendo. Pero la quería. La quería tantísimo que haría lo que fuera por verla feliz y siguió adelante. Esa noche bailaron en el desnudo salón imaginando que estaban en la recepción del embajador. La casa no necesitaba ningún arreglo, estaba prácticamente nueva, y sólo quisieron cambiar los grifos de las bañeras. En la fontanería les pusieron al día. Todo el mundo conocía aquella casa porque cuando se edificó años atrás medio pueblo la había admirado. El constructor la había hecho para sí mismo con los mejores materiales, pero por algún motivo no llegó a vivir en ella, se marchó de allí abandonando a su familia y nunca nadie lo volvió a ver. Había hecho un trabajo de buen gusto al que no le faltaba ni un detalle. Había mimado cada elemento, cada rincón. Se puso a la venta y el primer matrimonio que vivió en ella se divorció pocos años después. Más tarde ella querría localizar a la mujer, pero le pareció una pobre cuarentona cansada y amargada, y no se atrevió a decirle que ella ahora habitaba la que había sido su casa. Después la compró una pareja de arquitectos que sólo le dieron una nueva mano de pintura, pero que también se separaron sin haber llegado siquiera a amueblarla. Todavía quedaban botes de pintura en la cocina y algunas plantas en la terraza que no se habían querido llevar con ellos. La gente pensaba que la casa trituraba el amor de los que vivían en ella. Pero eso a ellos no les importaba, porque se querían tanto que harían lo que fuera el uno por el otro.
Él echaba de menos su pequeño, pero acogedor apartamento del centro. Lo tenía todo a mano, se sentía cómodo allí, no le preocupaba el futuro, sólo vivía el presente. Al cabo de una semana se metió bajo el hueco de la escalera y pasó allí casi el día entero. Sentía que le faltaba el aire, que tanto espacio le superaba. Pensó que en eso consistía la agorafobia. En realidad era la inmensidad del mañana, la sensación de estar fuera de sitio, lo que le asustaba. Ella le tomó de la mano para subir a su habitación mientras le musitaba dulcemente "Qué casa tan bonita tenemos" en cada escalón. Él se sintió mejor, era tanto lo que la quería que se pudo dormir abrazado a ella. Ella se integró rápidamente. Enseguida conoció todos los comercios, saludaba a la gente por la calle, empezó a vivir los mejores años de su vida. Cada día estaba más sonriente, más guapa. Él volvía tarde del trabajo y se sentaba en el banco de madera y hierro forjado que habían comprado en un saldo para su terraza. Se quedaba allí, mirando al horizonte, con ganas de beber algo, pero sin ánimos de preparárselo. Y contemplaba la línea del cielo con la mirada tan perdida como sus pensamientos, recordando a la vendedora de la inmobiliaria, que había dado aquellos saltitos de alegría al cerrar la operación. Era la primera vivienda que colocaba y se sentía feliz. Él se había pasado casualmente por la agencia, como si necesitase cerrar algunos detalles, y pudo charlar con la chica. Salieron a tomar un café, y al sentir los dedos de ella aferrados a su antebrazo se sintió volver algunos años atrás, cuando empezaba a vivir en aquel estrecho pisito de menos de 50 metros, cuando no necesitaba pensar en los siguientes 30 años de la hipoteca. No podía quitarse de la cabeza a aquella vendedora. No podía dejar de ir a verla cada tarde al salir del trabajo. Aunque fuera por su sonrisa, por su despreocupación, por la forma en que su melena rizada flotaba mientras caminaba a su lado.
Se llenó la bañera con el agua más caliente que pudo soportar y se sumergió en ella sintiendola un útero materno. Un lugar de silencio y paz en el que no existía nada más que el vacío que sentía dentro de sí. Ella llamó a la puerta y entró en el baño. Se sentó en el suelo frente a él con la espalda apoyada contra la pared. "¿No crees que es hora de que hablemos?", le preguntó. "No lo sé", dijo él. "¿Cuál es el problema?", insistió, "Está dentro de ti, pero no lo sacas fuera". Él se encogió de hombros y la miró con expresión hueca. "¿No eres feliz? ¿No te sientes bien aquí?". Él se hundió un poco más en el agua. "No lo sé", contestó. La barbilla de ella comenzó a temblar. "¿Ya no me quieres? ¿Es eso?". Él la miraba con el cerebro disparado a mil por hora en direcciones opuestas, sólo veía luz blanca y no supo qué contestar. "Porque yo sí te quiero, yo sí estoy enamorada de ti, pero pienso que tú ya no lo estás de mí", murmuró ella sin mirarle, con un hilo de voz. "No lo sé", repitió él mientras los ojos de ella se desbordaban. Nunca había soportado verla llorar. "¿No sabes si estás enamorado de mí? ¿No sabes si eres feliz?" Él miró hacia la espuma que flotaba en la superficie del agua. "No lo sé". Ella pensó en algo más que decir, pero no se le ocurrió nada, supo que ya no había nada. Se levantó pesadamente del suelo, doliéndole todas las articulaciones, y salió del baño cerrando muy despacio la puerta, casi sin ruido. El vapor se condensaba en los azulejos. Él reparó en las gotas que resbalaban por la pared compitiendo por llegar antes al suelo, como lágrimas corriendo por el rostro de la casa. Se quedó dentro de la bañera mientras el agua se enfriaba. Sin moverse. Sin saber qué hacer ni qué decir. Hasta se olvidó de pensar.
Ellá se encargó de todos los trámites con el banco, de los papeleos, de pelearse el crédito, de dar de alta los servicios básicos. Él tuvo un ataque de pánico el día de ir a firmar la hipoteca. De pronto sintió que ese sería su futuro para siempre, que estaba dando un paso más allá de lo que estaba previsto. Se estaba comprometiendo para el resto de su vida. Y no supo si era eso lo que quería, si estaba dispuesto a que cada día que pasase transcurriese en esa espiral. Se sintió perder el equilibrio y necesitó salir corriendo. Pero la quería. La quería tantísimo que haría lo que fuera por verla feliz y siguió adelante. Esa noche bailaron en el desnudo salón imaginando que estaban en la recepción del embajador. La casa no necesitaba ningún arreglo, estaba prácticamente nueva, y sólo quisieron cambiar los grifos de las bañeras. En la fontanería les pusieron al día. Todo el mundo conocía aquella casa porque cuando se edificó años atrás medio pueblo la había admirado. El constructor la había hecho para sí mismo con los mejores materiales, pero por algún motivo no llegó a vivir en ella, se marchó de allí abandonando a su familia y nunca nadie lo volvió a ver. Había hecho un trabajo de buen gusto al que no le faltaba ni un detalle. Había mimado cada elemento, cada rincón. Se puso a la venta y el primer matrimonio que vivió en ella se divorció pocos años después. Más tarde ella querría localizar a la mujer, pero le pareció una pobre cuarentona cansada y amargada, y no se atrevió a decirle que ella ahora habitaba la que había sido su casa. Después la compró una pareja de arquitectos que sólo le dieron una nueva mano de pintura, pero que también se separaron sin haber llegado siquiera a amueblarla. Todavía quedaban botes de pintura en la cocina y algunas plantas en la terraza que no se habían querido llevar con ellos. La gente pensaba que la casa trituraba el amor de los que vivían en ella. Pero eso a ellos no les importaba, porque se querían tanto que harían lo que fuera el uno por el otro.
Él echaba de menos su pequeño, pero acogedor apartamento del centro. Lo tenía todo a mano, se sentía cómodo allí, no le preocupaba el futuro, sólo vivía el presente. Al cabo de una semana se metió bajo el hueco de la escalera y pasó allí casi el día entero. Sentía que le faltaba el aire, que tanto espacio le superaba. Pensó que en eso consistía la agorafobia. En realidad era la inmensidad del mañana, la sensación de estar fuera de sitio, lo que le asustaba. Ella le tomó de la mano para subir a su habitación mientras le musitaba dulcemente "Qué casa tan bonita tenemos" en cada escalón. Él se sintió mejor, era tanto lo que la quería que se pudo dormir abrazado a ella. Ella se integró rápidamente. Enseguida conoció todos los comercios, saludaba a la gente por la calle, empezó a vivir los mejores años de su vida. Cada día estaba más sonriente, más guapa. Él volvía tarde del trabajo y se sentaba en el banco de madera y hierro forjado que habían comprado en un saldo para su terraza. Se quedaba allí, mirando al horizonte, con ganas de beber algo, pero sin ánimos de preparárselo. Y contemplaba la línea del cielo con la mirada tan perdida como sus pensamientos, recordando a la vendedora de la inmobiliaria, que había dado aquellos saltitos de alegría al cerrar la operación. Era la primera vivienda que colocaba y se sentía feliz. Él se había pasado casualmente por la agencia, como si necesitase cerrar algunos detalles, y pudo charlar con la chica. Salieron a tomar un café, y al sentir los dedos de ella aferrados a su antebrazo se sintió volver algunos años atrás, cuando empezaba a vivir en aquel estrecho pisito de menos de 50 metros, cuando no necesitaba pensar en los siguientes 30 años de la hipoteca. No podía quitarse de la cabeza a aquella vendedora. No podía dejar de ir a verla cada tarde al salir del trabajo. Aunque fuera por su sonrisa, por su despreocupación, por la forma en que su melena rizada flotaba mientras caminaba a su lado.
Se llenó la bañera con el agua más caliente que pudo soportar y se sumergió en ella sintiendola un útero materno. Un lugar de silencio y paz en el que no existía nada más que el vacío que sentía dentro de sí. Ella llamó a la puerta y entró en el baño. Se sentó en el suelo frente a él con la espalda apoyada contra la pared. "¿No crees que es hora de que hablemos?", le preguntó. "No lo sé", dijo él. "¿Cuál es el problema?", insistió, "Está dentro de ti, pero no lo sacas fuera". Él se encogió de hombros y la miró con expresión hueca. "¿No eres feliz? ¿No te sientes bien aquí?". Él se hundió un poco más en el agua. "No lo sé", contestó. La barbilla de ella comenzó a temblar. "¿Ya no me quieres? ¿Es eso?". Él la miraba con el cerebro disparado a mil por hora en direcciones opuestas, sólo veía luz blanca y no supo qué contestar. "Porque yo sí te quiero, yo sí estoy enamorada de ti, pero pienso que tú ya no lo estás de mí", murmuró ella sin mirarle, con un hilo de voz. "No lo sé", repitió él mientras los ojos de ella se desbordaban. Nunca había soportado verla llorar. "¿No sabes si estás enamorado de mí? ¿No sabes si eres feliz?" Él miró hacia la espuma que flotaba en la superficie del agua. "No lo sé". Ella pensó en algo más que decir, pero no se le ocurrió nada, supo que ya no había nada. Se levantó pesadamente del suelo, doliéndole todas las articulaciones, y salió del baño cerrando muy despacio la puerta, casi sin ruido. El vapor se condensaba en los azulejos. Él reparó en las gotas que resbalaban por la pared compitiendo por llegar antes al suelo, como lágrimas corriendo por el rostro de la casa. Se quedó dentro de la bañera mientras el agua se enfriaba. Sin moverse. Sin saber qué hacer ni qué decir. Hasta se olvidó de pensar.
12 Comentarios:
Tengo novia desde hace años, tengo hipoteca para los siguientes 30, tengo una hija de 11 meses....tu texto me ha obligado a mirarme de nuevo en ese espejo que te devuelve una imagen de la que huyes y que intentas enterrar en el dia a dia.
La verdad es que me encanta cómo escribes...pero eres capaz de joderme el dia con tus historias "real than life"!!!!
Mmm... no sé si dar las grácias o pedir perdón. En todo caso se me ha puesto una sonrisa de orgullo muy tonta cuando he leído este comentario. Prometo enmendarme.
Estoy enganchada a tus historias, enhorabuena, son estupendas!
De eso nada. A cortar con el bisturí, que es tu obligación. A mi ya sabes que también me jodió (y más de lo que piensas) un editorial muy reciente... Pero es lo que hay. Lo siento, Juan "Manhattan", pero es obligación del artista utilizar el verdadero espejo que muestra la realidad, y no aquel distorsionado en el que todos nos vemos, o queremos mirarla.
Por supuesto, deberías tomartelo como un piropo...
Lo siento, pero mi cerebro femenino no alcanza a entender esta historia. ¿Existe una "maldición de las hipotecas"?
En realidad, ¿él hubiera permanecido junto a ella en el apartamento de 50 mts. y estando seguro de su amor, los siguientes 30 años?
Salu2. Mar
"No-lo-sé"
Ah, Mar. Siento discrepar.
Más que la maldición de las hipotecas, yo hablaría de la maldicíón de las vidas hipotecadas. Supongo que el apartamento de 50 metros no implica un compromiso en apariencia tan duradero como una hipoteca a treinta años.
Es decir... es el asunto de pagar una casa a medias o estar adquiriendo una propiedad a largo plazo lo que condiciona la percepción que tenemos muchas veces de una relación. Y esto te lo digo recordando cierto comentario que me hizo una amiga (cerebro femenino) después de separarse y tener que dejar la casa en la que había vivido unos cuantos años...
Ya en plan coña, me parece que la Iglesia, para frenar el asunto de los divorcios debería ser la encargada de los bienes inmobiliarios. Vamos, si está claro que ata más el asunto que tienes con una casa que un anillito y unos votos.
Por último. No creo que tenga que ver nada con cerebros femeninos entender esta historia (si es que hay algo que entender). Estoy seguro de que Juan "Manhattan" es el seudónimo de una mujer. Y a veces pienso que las fotos que ha puesto Nemo en su blog o la que utiliza en su perfil son falsas y él también es una mujer.
Un saludo.
Mar,es sólo una historia!!creo que la próxima vez debería tener un final feliz!!jajajajaja
Me identifico con Juan Manhatan. Acabo de comprar una preciosa casa. Tengo hipoteca para los próximos 30 años y...¡me acabas de dejar acojonado!
Yo vivo en un piso de 50 metros alquilado, a veces parece maldita ¿Por qué sera? Quizá... ¿algunas visitas?
Las maldiciones actuales en cuanto a pisos, en mi opinión, son por los sorteos de protección oficial que se hacen. Ya no es "hasta que la muerte os separe o en la salud y en la enfermedad" ahora es: hasta que me toque un piso a mi y no a ti y entonces tú igual te jodes...(perdón)
De acuerdo en el miedo a estar atado a una hipoteca 30 años, más de acuerdo en las vidas hipotecadas. Pero siempre hay solución para todo, curiosamente todos picamos en lo mismo: hipoteca inmobiliaria, "hipoteca sentimental"...
Y volvemos a caer una y otra vez, porque nos levantamos con más fuerza y más ganas.
Para David, no estoy de acuerdo en que Nemo, sea una mujer.
Saludos
Jose María (sin bigote)
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