
El rostro inerme de
George Sprott, como una máscara mortuoria, nos observa desde la portada la edición española de la última obra de
Seth. La casa
Random House Mondadori ha optado, inexplicablemente (o tal vez, por desgracia, no tanto) por no respetar el magnífico diseño original del libro. El tamaño ha sido reducido, su tapa dura obviada, y el espectacular relieve que replicaba un panteón funerario en la edición americana se ha cambiado por la faz inerte del protagonista. La obra pierde con ello y el aficionado, también. Una pena.
Seth no duda en dejar claras sus intenciones bien desde el inicio del libro. Ya en la misma portada nos anuncia que tenemos entre manos "A Picture Novella", descuidadamente traducido en la copia española como "Una Novella Gráfica".
Seth parece pretender incidir con este subtítulo en la naturaleza experimental del molde en que nos va a contar la historia. El autor canadiense sigue obsesionado con jugar con el continente de sus relatos, y aquí la forma que toma la narración resulta decisiva para comprender qué nos quiere decir.
George Sprott transpone el formato del documental al lenguaje del comic. Un documental ilustrado que se compone de retazos de álbumes de familia, retratos promocionales y de empresa, y entrevistas a aquellos que conocieron a
Sprott en vida. Como en
La vida es buena si no te rindes,
Seth escoge la búsqueda de un personaje ficticio, en una suerte de
Comic Verité, para hablar de sí mismo, para ofrecernos otro capítulo de su autobiografía por transposición. Exactamente igual que la galería de personajes entrevistados para hablar de
George Sprott acaban hablando más sobre sí mismos que sobre quien se les pregunta,
Seth, como una constante en su obra, también nos cuenta más de su propia psique que de la del personaje sobre el que escribe.

En
La vida es buena si no te rindes, el canadiense imita el estilo de dibujo del objeto de su búsqueda, el inexistente dibujante
Kalo para hablar de sí mismo a través de esa investigación. En
George Sprott el narrador imita el estilo discursivo del personaje, un presentador de televisión que comenta sus documentales sobre el Ártico canadiense. Si en aquella obra el propio
Seth era un personaje más, en esta va más lejos y se disfraza planteando un claro paralelismo entre el
Sprott personaje y el narrador autor. A través de la boca de este aparentemente narrador omnisciente, pero poco fiable, reproduce los olvidos y divagaciones de su protagonista con el ritmo pausado que este imprime a las narraciones de sus viajes.
Tras la estructura de un documental, el hilo argumental es la última noche en la vida de
George Sprott. En ella se van intercalando episodios de su vida en una serie de flashbacks que saltan en el tiempo formando las piezas de un puzzle que se complementan hasta formar un mosaico de la vida.
Seth mueve la cámara con pulso comedido, mostrandonos pequeños retazos de nuestra existencia. Cómo el tiempo y la vida pasan sin apenas darnos cuenta, cómo dejamos nuestra vida correr inadvertidamente. Somos meros espectadores de lo que nos está pasando hasta que morimos y finalmente desaparecemos. La narración fragmentaria, de episodios tanto fundamentales como intrascendentes, lleva a una reflexión sobre la propia existencia, sobre la trascendencia y el olvido de los que el protagonista es una metáfora.
Como es habitual en él,
Seth derrama una tierna mirada sobre las pequeñas mezquindades humanas teñida de melancolía y nostalgia por lo que fue y ya no está. Por los lugares, los edificios, las personas. A lo largo de su libro vemos pasar un desfile de personajes olvidados como reliquias del pasado. Gente con rostros anticuados que se convertirán en polvo congelados en un instante remoto. Retales grises que huelen a alcanfor y que miramos del mismo modo que las generaciones futuras mirarán indiferentes nuestros semblantes. Nada permanece, todo es pasajero como si nunca hubiera existido.
Cada página en sí es un espectáculo y el estilo de
Seth se ajusta perfectamente al tono de cada escena. El libro, cuadrado como un album de estampas, bien podría ser no sólo la colección de recortes del propio
Sprott, sino las últimas imágenes que, según dicen, pasan a toda velocidad por la mente de una persona en el instante de su muerte, justo antes de expirar. Ejemplo paradigmático de ello lo encontramos en las dobles páginas desplegables, aparentemente inconexas, como los pensamientos del protagonista en su agonía. Así,
George Sprott se abre estableciendo su objetivo con un bebé en el seno materno que se transmuta en el anciano
Sprott, y teje un hilo que enlaza el nacimiento con la muerte. Al final volvemos al lugar de donde partimos. Y concluye, cerrando el círculo, como en una añeja emisión televisiva. Acaba la programación. Despedida y cierre. El alma se serena. Buenas noches y que Dios les bendiga.