¿Quien tuvo retuvo? No para siempre. Una retirada a tiempo es una victoria, dicen, un aforismo que los dos
Beatles supervivientes (en el caso de que
Paul McCartney no falleciese en aquel accidente de tráfico de 1966) no parecen conocer. Uno diría que se han puesto de acuerdo para publicar nuevo álbum de estudio casi simultáneamente y hacerlo con dos de los pesos más ligeros de su discografía. No se les puede echar nada en cara, a estas alturas no tienen nada que probar y está claro que, aunque quieren seguir ahí, quedan pocas ganas de esforzarse. Se nos hacen mayores. Basta con contentar a la parroquia de fieles con las oportunas dosis periódicas. Pero, como ya dijeron hace más de 40 años, lo mejor sería que lo dejaran de una vez.
Let It Be, boys.
2012 es el poco esforzado título del nuevo trabajo de
Ringo Starr, y un presagio de lo que contiene entre sus surcos. Composiciones propias con su reconocible estilo facilón, reciclaje de ideas antiguas, un par de regrabaciones de canciones ya publicadas, recurso a nostálgicas versiones y escasos temas nuevos. Así entre lecturas de
Buddy Holly y la revisión de algunos de sus primeros temas nos suelta el inevitable guiño al pasado,
In Liverpool, lo mejor del lote. Pero a pesar de la habitual reunión de amiguetes de renombre, el disco es rácano en minutaje y en producción. Suena barato y a trámite para solventar la papeleta. Es sólo una llamada de atención, la bengala que indica que aún está aquí y que hace lo que quiere como lleva diciendo desde 1973.

Lo de
Paul McCartney es mucho más sofisticado, pero no por ello de mayor interés. Aunque no lo parezca en la primera escucha, la estrategia de
Kisses on the Bottom tiene muchos puntos en común con el disco de
Ringo. Colaboraciones de relumbrón tras la portada simplona y título juguetón que indica algo así como “podéis iros a tomar viento, yo también hago lo que me da la gana”. El chico educadito se pone gamberro y le da por tocar timbres y salir corriendo. Dice que ha querido grabar aquellas canciones que escuchaba de niño en casa, o sea, que no tenía ganas de componer, así que no busquen aquí
rock and roll, sino algunos de los estándares del
jazz vocal menos conocidos del cancionero norteamericano, de cuando
Chuck Berry todavía llevaba pantalón corto.
Kisses on the Bottom es un disco de
Honey Pies, que como chiste quedaba muy bien en medio del
Doble Blanco, pero que para un álbum completo es un estilo que a
Sir Macca le queda grande.
El gancho para los incondicionales, y de ganchos también sabe un rato, son las dos nuevas composiciones que en ese contexto suenan más que nunca a baladas marca de la casa. La edición
deluxe viene además, no podría ser de otro modo, con su requerida regrabación de otro tema que compusiese en la misma línea en 1978. En su conjunto, una bonita colección de tonadillas de esas que
McCartney rasga en su ukelele en casa distraídamente cuando está relajado, sólo que acompañadas por una orquesta
comilfó. Algo que ya han hecho muchos otros, mucho mejor, mucho antes. Y es que, como indica el título de este post, ni siquiera hace falta poner los apellidos para que sepamos a quienes nos estamos refiriendo. La cuestión es si habríamos prestado atención a estos discos si no vinieran de quien vienen. Completistas
Beatles del mundo, uníos.